Octubre y las elecciones del 2021

Erika Sylva Charvet|

Octubre de 2019 ronda la coyuntura actual.  El impresionante estallido social tomó por sorpresa a las élites oligárquicas que creían que el pueblo ecuatoriano seguía adormecido. Pero no era así. Éste guardaba en su memoria algo que no poseía en el pasado:  podía contrastar una gestión gubernamental nefasta que le había abandonado por completo, con otra, la de la Revolución Ciudadana, que se había dedicado por completo a su bienestar.  

La agenda anti-neoliberal, pues, fue demandada en las calles de todo el territorio por un pueblo diverso, inconforme, desesperado y enfurecido por la brutalidad de la política económica, mientras los poderes fácticos blindaban a su gobierno para proteger su proyecto neoliberal. Y conocedores de que la única fuerza política capaz de canalizar esta energía social electoralmente era el progresismo, recurrieron nuevamente a sus siniestras operaciones encubiertas de lawfare para bloquearlo, tocándoles el turno de la persecución a los dirigentes Virgilio Hernández, Christian González y a la Prefecta Paola Pabón, a quien hoy impúdicamente pretenden nuevamente quitarle su libertad.

El gobierno de las oligarquías se burló del diálogo del 13 de octubre con las dirigencias indígenas, que lideraron el levantamiento, y siguió adelante con su agenda consumándola en leyes inconstitucionales, y aprestándose, en el momento actual, a un nuevo acuerdo con el FMI orientado a consolidar el funesto programa neoliberal cuyo costo recaerá sobre las clases trabajadoras.  Se burló también de los caídos, de los ojos vaciados por las balas asesinas intencionalmente disparados para escarmentar, como lo mostró la mueca desafiante de la ministra de la muerte en la portada de una revista de farándula el 31 de agosto.  Y es que el neoliberalismo no solo es hambre y desesperanza, es también insensibilización, naturalización de la violencia, siembra del terror, de la mano del espectáculo y la frivolidad.

¿Acaso es una coincidencia que el mismo 31 de agosto haya sido anunciado el pacto entre el PSC y CREO para las elecciones del 2021 luego de las declinaciones de las candidaturas de Nebot (junio 2020), Sonnenholzner (agosto 2020) y Reyes (septiembre 1, 2020)? ¿Y fue acaso otra coincidencia que en esa misma semana se registrasen esfuerzos desesperados de las funciones judicial y electoral para bloquear la candidatura de Correa a la vicepresidencia por el Binomio de la Esperanza proclamado el 18 de agosto?  En realidad, son dos actos de una misma obra escenificada en octubre:  la disputa de proyectos políticos contrapuestos, de fuerzas sociales contrapuestas, de sectores medios y populares que repudian el ajuste neoliberal, y de las élites que lo defienden porque no tienen otra agenda más que la de sus privilegios pese a su inmensa ilegitimidad.

Lo cierto es que pese a las tensiones que el pacto PSC-CREO estaría mostrando internamente, el blindaje de octubre frente a la agenda anti-neoliberal se estaría robusteciendo a fin de garantizar la continuidad de su política económica.  Pero, esta vez no frente a las masas en pie de guerra, sino frente a ellas en las urnas electorales, específicamente frente a la alianza progresista que, pese a la despiadada proscripción política ocupa sin ambigüedades el espacio anti-neoliberal, configurándose como opción preferencial de las masas para pesadilla de la derecha.

De ahí que el pacto PSC-CREO podría entenderse como la configuración del núcleo de un partido orgánico de la derecha, entendiendo con Gramsci que los partidos orgánicos son aquellos que, en coyunturas decisivas en las que se definen aspectos fundamentales para las clases fundamentales, se alinean en un solo bloque partidario conformado por partidos y movimientos aparentemente independientes.  En tal sentido, la fragmentación electoral que evidencian las actuales dieciséis candidaturas sería solo aparente, ya que, en realidad, serían dos los bloques partidarios en disputa por el poder político del Estado:  por un lado, el de la derecha, nucleado en torno a los intereses de las ricas élites minoritarias y alineado en torno a su proyecto neoliberal, neocolonial, actualmente representado por el pacto PSC-CREO, y, por otro, el del progresismo, que agruparía a una alianza multiclasista (burguesa-sectores medios-populares), alineado en torno a un proyecto anti-neoliberal, soberano, orientado a recuperar la Patria y el bienestar de las mayorías, liderado por la coalición UNES.

El proceso electoral irá decantando la práctica de los restantespartidos y movimientos, aparentemente independientes en torno a estos dos bloques orgánicos, mostrando la realidad de quién es quién en la coyuntura, su política de alianzas y su correspondiente alineamiento en torno a ambos proyectos en la encrucijada de las elecciones del 2021 que decidirán el futuro del país en las próximas décadas.