Editorial RutaKrítica

Si las decisiones de política exterior se toman sin consentimiento (y parecería que sin conocimiento) del Presidente de la República del Ecuador entonces hay ausencia de responsabilidad política y administrativa y, por lo mismo, los actos son nulos, pues la primera autoridad del país responde por esas determinaciones, como ordena la Constitución.

Si el embajador de los Estados Unidos habla de la política interna del Ecuador en cada programa de radio o televisión (sobre todo en aquellos que se dicen de periodismo, pero en realidad son de farándula y pésimo humor), entonces tenemos una intromisión en los asuntos de Estado y todo indica que sus “sugerencias” se toman al pie de la letra. Y si es así entonces aquí no gobierna un Presidente ni un partido ni mucho menos un gabinete sino una potencia extranjera y siendo así ya somos una colonia o un protectorado sometido a los designios de otro gobierno.

Si los editorialistas, entrevistadores y supuestos analistas cada semana imponen la agenda política del país y los lunes, en cadena nacional, el Presidente de la República acoge todos esos pedidos, queda claro que ya no gobierna él sino los llamados poderes fácticos. Así ha sido con cada una de las decisiones asumidas en algunos casos extremadamente escandalosos, impuestos por los medios, que el Secretario de Comunicación procesa, endilga y luego impone como su verdad, a pesar de mentir sobre su pasado reciente y sus verdaderos sentidos de la responsabilidad pública.

Si para reformar la Ley Orgánica de Comunicación viene al Ecuador la Sociedad Interamericana de Prensa, Human Rights Watch y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y colocan los argumentos para la Asamblea Nacional, entonces ya no tenemos ni legislatura y mucho menos soberanía política para decidir sobre nuestras leyes y normativas, pues, supuestamente, debemos ajustarnos a los “estándares internacionales” que son los de sentido liberal de la democracia y sostenido en las leyes del mercado y del capitalismo más rampante.

Si el programa económico del Ecuador -en medio de una supuesta crisis catastrófica- ya no es el que un partido político o un candidato a la Presidencia presenta ante el Consejo Nacional Electoral, como ordena el Código Orgánico de la Democracia, entonces hay una clara violación y una estafa pública no solo con los electores que apoyan esa candidatura y ese programa. Con esa lógica bastaría con quedar en segundo o tercer lugar, hacer una presión mediática y política bajo el supuesto de un diálogo y un consenso nacionales para aplicar el programa de los perdedores. Y siendo así, entonces ya no harían falta programas ni promesas y mucho menos juramentos grandilocuentes. Bastaría –como hace Julio César Trujillo- con apelar a un supuesto mandato popular y hacer lo que se le venga en gana al ganador de una elección sin importar ni sus electores ni los compromisos formales de toda democracia.

Si una Consulta Popular, sin la venia de la Corte Constitucional, le da a unos notables el derecho a insultar, apresar, designar autoridades y modificar las leyes de la República y sus procedimientos democráticos, con el amparo del Primer Mandatario de la Nación, que además estimula esa arbitrariedad, entonces tenemos por delante un Estado de facto (otros dirían con más claridad: una dictadura) y por lo mismo ya no hay garantías para el debido proceso, la institucionalidad y mucho menos para los derechos de los ciudadanos.

Entonces la pregunta que nace es: ¿quién gobierna el Ecuador? Y por supuesto las respuestas están en los párrafos anteriores. O sea: los poderes fácticos, aquellos que en la dorada época de la partidocracia ponían Presidentes títeres muy funcionales a cierta embajada, las cámaras y los medios de comunicación.

Extender la mano y refrescar la política exterior ha sido, en la práctica, acoger a toda la partidocracia en su seno y desde ahí, no solo violentar la Constitución vigente, sino amparar a todos los políticos presos, operadores políticos de los paramilitares y guerreristas colombianos y a todas las fuerzas retrógradas del mundo y del país. 

 

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