Toda distopía es un reflejo de nuestra realidad.

Sebastián Carrasco|

En estos tiempos de encierro forzado, de cavilaciones mentales perpetuas y meditaciones profundas, podemos darnos cuenta que el mundo distópico ha llegado hace tiempo a la vida real y va a quedarse para rato. Piensen en su novela apocalíptica favorita, y verán que lo que la hace tan atrapante es, justamente, que nos muestra rasgos y características de nuestra sociedad, simplemente que las novelas llevan esas cotidianidades a otro nivel.

Sí, 1984 de George Orwell o Un Mundo Feliz de Aldous Huxley se han convertido en las novelas distópicas por excelencia porque, de alguna manera, exacerban aquellas fallas sociales que nos negamos a ver. En ese mismo marco puede encasillarse el libro Farenheit 451, de Ray Bradbury, cuya principal distopía es que los libros (y, por ende, el conocimiento) son quemados. Esta idea, la del miedo al conocimiento que es capaz de alterar el status quo, precisa ser analizada más a profundidad.

¿Cómo llegamos hasta aquí?

Los libros los venimos quemando desde hace años; no en un sentido literal, pero sí metafórico. Las fuentes de información y conocimiento se ven constantemente atacadas por las herramientas que buscan construir una población banal, desinteresada y apática frente a los problemas ajenos a la pantalla de su celular. En la pelea por la atención del público, Tik Tok y los memes que circulan en Facebook le ganan de largo a gente como Chomsky, Castells y Boaventura de Sousa Santos. En este mundo, Guy Montag y los bomberos de Bradbury no necesitarían quemar libros para destruir el conocimiento; les bastaría con hacerse influencers de Instagram y compartidores empedernidos de memes.

A la larga, el mundo se está convirtiendo en una mezcla de las distopías de Huxley y Orwell. Existe un gran hermano, que sabe todo de nosotros, nos escucha y luego nos promociona aquello que queremos por Facebook; a veces, ese gran hermano es el propio gobierno (no necesariamente el nuestro, sino el de un país que tiene interés en controlar a toda la población). Sí, existe el gran hermano; pero eso poco y nada nos importa.

¿Ya vieron la última temporada de Élite en Netflix? Coca Cola separó las letras de su logo, qué bonitos que son. Háganme preguntas para mis estados. Estos memes sobre el Coronavirus son el goce.

Sí, el mundo está como lo imaginaban Orwell y Huxley; pero Farenheit 451 trae a la palestra, con la figura de la quema de libros, la destrucción voluntaria del conocimiento que se hace con la venia de la mayoría de la población. En 1984 se necesitaba de un estado totalitario; para Bradbury bastaba con una población que le temía a la verdad, que no quería que nada ni nadie alterase su comodidad, su lujo, su estatus.

Esto último que se ha dicho, creo que encuentra un paralelismo en nuestra realidad; existe gente que no quiere pensar en los problemas de los otros, que si algo no aparece en su feed de Instagram no existe y que, si otras personas quieren pelear por un mundo más igual, que no les perturben su calendario y les dejen actualizar su página de inicio en paz. Seguimos quemando libros.

La ceguera a la que tanto nos hizo temer Saramago nos ha llegado.Nuestras vendas de ojos tienen, en su reverso, una manzana mordisqueada y en su frente una pantalla de cristal.

¿Será que un nuevo virus puede ayudar a la humanidad a que surjan los intelectuales de entre los escombros para reconstruir la sociedad?

Fuente: La Cultureta, crítica cultural