Una mascarilla mediática, por favor

Orlando Pérez|

No solo se asumen como autoridad moral. No solo tienen intereses ocultos. Por si eso fuera poco, ya no son para nada independientes, como presumen. Después de octubre de 2019 quedaron marcados y nos infectaron con verdades a medias y una matriz oficialista sin nombre. Ahora con el coronavirus requerimos, una vez más, una mascarilla para evitar ser contagiados por la toxicidad de sus conductas, “comentarios” o supuestos informes periodísticos. Por suerte, cada día se los ve menos y las audiencias los atienden poco. Ellos, en cambio, cada tanto la embarran.

Como el nido de transmisión del coronavirus fue un matrimonio de la alta oligarquía residente en Samborondón, no hay un solo reportaje en los “grandes medios” comerciales al respecto. Con la paciente cero se fueron con todo, con un nivel de irrespeto que solo se explica en el impresionante desprecio que demuestran contra quienes no pertenecen a las élites que les firman el cheque a fin de mes. Hoy, han regresado por los testimonios familiares a Babahoyo, en lugar de buscarlos en La Puntilla y sus clubes privados. También han revelado su odio en sus comentarios xenófobos hacia China, pero callan contra EE.UU. en donde crece el número de casos y la falta de atención sanitaria, debido a un inexistente sistema de salud público y a las irresponsables acciones e inacciones de Donald Trump.

¿El respeto a una familia y sus invitados es porque tienen mucho poder y dinero? ¿La paciente cero y sus familiares no merecen el mismo trato? ¿Hay comunicadores contagiados por hablar con sus parientes? ¿Existen periodistas infectados por haber asistido a ese matrimonio? (Bueno, a esos festejos, con suerte, invitan a unos cuantos, a los que ya forman parte del círculo).

Los Vera, las Hinostrozas, los Pelagatos o los Pautas hacen de las coyunturas y de ciertas crisis (sobre todo en estos últimos tres años) un almanaque de su obsesión por el poder, por ese afán de estar del lado de quienes toman decisiones para incidir en ellas. Si no se hace como ordenan sus fobias y traumas, pasan a ser “críticos”. Sí, es cierto, no lo hacen gratis: parece que las “asesorías externas” están a la orden del día, al igual que los pagos “tercerizados”, para no dejar rastro.

Por supuesto, ellos forman parte del poder, aunque la mayoría pertenezca al grupo de quien “hace los mandados”. Creyéndose parte de él, del poder de ahora, invocan al gobierno que tanto sirven, a una respuesta inteligente e inmediata a la crisis mortal que se ensaña en Guayaquil. Se hacen eco, ahora sí, del grito desesperado de la alcaldesa (contagiada de Covid-19), así como de algunas “prominentes familias” que esparcieron el virus en un estadio “monumental” y en fastuosas fiestas. Advierten de medidas e incluso hablan de renunciar al “Primer Mandatario”. Son los mismos que, en su momento, estuvieron en contra de Guillermo Lasso, que cogobierna y es corresponsable de la crisis por su incapacidad para afrontar con autoridad moral y política un liderazgo real y potente.

En los últimos días, esos “periodistas” agenciosos ya están trabajando en la búsqueda de los supuestos autores de fake news, ya saben quiénes son y desde qué países salieron. Claro, ¿el señor Gabriel Arroba ya les pasó “el informe” de Inteligencia? Eso es suficiente para asumirse como periodistas investigadores. Luego, con alta probabilidad, esos informes serán la base de las órdenes de detención de la Fiscalía y de la acusación en un juicio expedito. Mientras tanto, a Hinostroza le perdonan su odio a los guayaquileños y a la alcaldesa de Guayaquil, la violación a la Ley. Sobre el caso de corrupción en el IESS no dicen nada, tampoco de la calamidad de la telemedicina.

Esos son los periodistas mimados por el gobierno y también a quienes les filtran lo que más conviene. ¿Y son ellos quienes dicen lo que tenemos que hacer?