Carne de cañón

Lucrecia Maldonado|

Entre las consignas del ala conservadora del planeta parece estar la de provocar que sectores identificados como ‘progresistas’ se enemisten con los gobiernos también llamados ‘progresistas’, sobre todo de Latinoamérica. Lo hicieron con Rafael Correa, con otros gobiernos de la región, y lo están haciendo con Andrés Manuel López Obrador. Y con frecuencia se apoyan en algunos errores o falencias de los mismos gobiernos progresistas. 

No hay que olvidar que el conservadurismo mundial y su más perversa manifestación neoliberal generan y controlan muy poderosas matrices de opinión, y que, aunque se ha demostrado hasta la saciedad la falta de transparencia de sus intenciones, la gente común continúa creyendo en su brazo armado, léase ‘medios de comunicación’. Y es a este brazo armado de tinta, noticieros y pantallazos a quien le corresponde la nada honrosa tarea de soltar bulos ‘como si nada’ y de cumplir a rajatabla las diez leyes de Goebbels relacionadas con la manipulación informativa de las masas. 

Pero también es jugar con el dolor y la desesperación ante las múltiples decepciones de sectores secularmente postergados, oprimidos, maltratados y engañados por los dueños del mundo: los defensores del ambiente, las mujeres, los indígenas… por mencionar solo unos pocos. Grupos en los que es fácil estimular cierto radicalismo que se agarra como una garrapata de la rabia y el dolor acumulados durante años. Y ese radicalismo impaciente es lo que los conduce a aquello que el poeta argentino Armando Tejada Gómez describió tan bien en los primeros versos de su poema “El viento y la veleta”: “Como el mundo es redondo se aconseja,/ no situarse a la izquierda de la izquierda,/ pues, por esa pendiente, el distraído/ suele quedar de pronto a la derecha”. 

La gula atrasada y rabiosa de la derecha se combina con la auténtica hambre atrasada de los desposeídos de una u otra forma, y provocan una mezcla tóxica en donde lamentablemente son los del hambre los que saldrán más perjudicados aún que antes. 

Recordemos, por ejemplo, el caso Yasuní: fue Rafael Correa quien promocionó la idea, quizás inocentemente acuñada, de que, con el apoyo económico de los países ricos y otros estamentos, se conservara bajo tierra el crudo de la Amazonía. Como el apoyo no se dio, se procedió a la explotación del petróleo. ¿Y la culpa de quién fue? ¿Contra quién reaccionaron los movimientos ecologistas? Incluso se creó un grupo para supuestamente apoyar la idea, pero que en cuanto se manifestó la negativa arremetió con todas sus fuerzas contra el gobierno de aquel entonces. En la actualidad, se continúa con una política extractivista mucho más agresiva, pero salvo publicaciones muy poco promocionadas en su portal en la red, los Yasunidos ya no figuran en la primera plana de los periódicos como cuando sus ataques le eran funcionales al sistema neoliberal. 

Algo similar ocurre con los movimientos feministas. Es lógico que en un país tan castigado por el femicidio como lo viene siendo desde hace tiempo México, las mujeres estén llenas de angustia y pánico (¿quién no lo estaría?). Sin embargo, ¿se le puede exigir a un gobierno que en poco más de un año de gestión solucione un complejo problema de décadas de antigüedad? Tal vez debió darle al tema más atención de la otorgada, pero no se puede pedir resultados inmediatos, tomando en cuenta lo complicado y prolongado de la situación. 

Aquí las cosas fueron peores, pues los grupos feministas se enfrentaron a una posición extremadamente conservadora ante la salud sexual y reproductiva, amén de ciertos desafortunados comentarios que, sin ser necesariamente lesivos, sí fueron imprudentes y dañinos. Lo cual condujo a que se cambiaran de bando hasta el extremo de defender a capa y espada el “siete veces sí”, que en el fondo no resultó más que una trampa mortal para desinstitucionalizar el país y se olvidó de ellas y de ellos antes de que el gallo cantara dos veces. 

Igual ocurre con los indígenas que, resentidos por los desencuentros del pasado, se la piensan mucho antes de establecer alianzas que, bien mirado el asunto, serían lo más beneficioso para un país hoy por hoy secuestrado por la artería, la estulticia y la corrupción más dramática de sus casi doscientos años de historia.

Lo más triste de todo es que estos grupos y colectivos, desesperados por la solución rápida y efectiva de sus múltiples y acuciantes problemas, terminan convirtiéndose en carne de cañón del neoliberalismo, que los usa y los tira en cuanto dejan de serle funcionales, rescatando, eso sí, algunos ‘cuadros’ que por el camino comprendieron la importancia de la falta de convicciones y la traición artera para lograr las prebendas que en el corto plazo no otorgan la integridad ni la paciencia.