Crónicas de la cuarentena (2)

Lucrecia Maldonado|

El día empezó bien, con disciplina, con más optimismo que ayer, dispuesta a olvidar un poco lo triste y a hacer lo que había que hacer. Y bueno, así iba: juntas virtuales de 2 BGU, clases cortitas porque es miércoles. Entre uno y otro bloque, preparar el almuerzo: arroz, pollo chilindrón con la receta del primer libro de cocina que compré solita. Clase. Reunión de área. Almuerzo a solas porque los demás ya habían almorzado. Descanso. Lavar los platos, y luego me hice un programa detallado para la tarde que iba cumpliendo más o menos: revisión de correos y arreglo de asuntos del parcial anterior con los estudiantes. Arreglo de otro sector de mi cuarto, el de las fotos sobre el mueble de junto a la puerta…
También se me ocurrió hacer un video musical para calmar mi aburrimiento y el de las otras personas, y vi que no era la única que estaba pensando en eso.
Entonces comenzaron a aparecer las noticias medio raras: algunos afectados por la epidemia de los más de cien que hay en Guashakill pertenecen a la clase más alta: la de Samborondón, así mismo. Esa que desprecia a los pobres por ignorantes, indisciplinados y vagos. Porque ocurre que algunos vinieron de Italia y otros, o los mismos, se reunieron en una boda con un montón de invitados. Así nomás. ¿No ven que los ricos son de otro material, tienen otra piel y los virus les huyen?
Luego, al saber que un avión de bandera europea iba a aterrizar en el aeropuerto de Guashakill, con once miembros de tripulación, a la emperatriz de esa ciudad no se le ocurrió nada mejor que hacer que algunas camionetas ocupen la pista de aterrizaje para impedirlo y así, heroicamente, salvar a su ciudad de la peste que ya está más que extendida. Nadie entiende si fue ignorancia, estupidez, prepotencia nivel Trump o una tóxica mezcla de las tres cosas. Y peor aún, las declaraciones de la semidiosa que defiende su actitud nada técnica, nada sensata, nada inteligente y por supuesto para nada apegada a ningún protocolo de nada.
De todos modos, seguí mi plan, entre el asombro y la indignación, y estaba leyendo unos textos para una chaucha, cuando de repente cayó la bomba: a mi yerno lo botaron del trabajo. ¿Motivo? El hecho de faltar dos días seguidos, según ellos, cuando la realidad es que ayer no encontró transporte y alguien le dijo que no se preocupara, que se quedara en casa, y hoy era su día libre, amén de que la ley le concede tres días y admite justificaciones. Comenzamos a movernos, a buscar el apoyo del papá de mis hijos que sabe de leyes, y mientras íbamos viendo qué se hace nos enteramos que, al momento de la contratación le hicieron firmar un papel en blanco con el pretexto de que era para formalizar algún rato el contrato indefinido… pero en realidad estaba firmando la forma en la que otros escribirían su renuncia, de ser ‘necesario’.
Me quedo con el amargo sabor de constatar cómo son los ‘empresarios’ de mi país: gente que no está dispuesta a ceder medio milímetro de ningún privilegio a nadie. Gente que maltrata, estafa y ataca a sus propios trabajadores como si fueran enemigos, cuando en realidad son el motor de su enriquecimiento. Gente que aprovecha la crisis para dar mordiscos y se escuda en los problemas del país para sus trafacías más sucias y crueles. Para colmo, es una empresa tercerizadora, de esas que Rafael Correa suprimió para que sean las empresas originales quienes cumplan con las obligaciones patronales y se hagan cargo de cualquier conflicto con sus trabajdores. Entonces duele más pensar que estamos en manos de los poderes más perversos sobre la tierra: el mercado de la ambición, la traición gubernamental y la prepotencia imperial a varios niveles (incluso el de aldea perdida en la nada con ínfluas de madre perla por sus clases dominantes).
Por si acaso, les dejo el nombre de la empresa tercerizadora: #Intelca, y el de los supermercados que se van a quedar pobres con la crisis: #Tia. Si no están de acuerdo en lo que hacen con la gente, por favor no compren nada nunca más ahí. Siempre me pregunto qué pasaría si la gente de buena voluntad tuviera las suficientes agallas para hacer sentir su poder en el mundo.
Buenas noches y que mañana se vea la bondad por encima del horror y si no es así, que podamos reírnos un poco más de la ridícula estulticia de los ambiciosos.