De Calacas y difuntos

Juan Cajas|

Plan Cóndor, le llamaron los milicos sanguinarios del sur del continente, al acuerdo para exterminar y arrancar de raíz a lo que concebían como el cáncer social. De forma cruenta, alevosa e infame torturaron y mataron a miles de abanderados de la lucha por la justicia, la equidad y la dignidad.

De tanto codearse con la muerte, en México aprendieron a tratarla con amigable respeto, le dieron más de cien nombres con sus respectivas imágenes –mejor amigo que enemigo de la calatra – asumirían en sus veneraciones a la calaca. Así mirada, optaron por establecer sus imágenes hasta como atractivas y sensuales, amigables, pero siempre femeninas; bueno esas son formas hasta folklóricas de amigarse con lo temido e inevitable.

La historia de la América india, está íntimamente ligada con la de los difuntos tempraneros, los que pudiendo vivir sin protestar pasaron a zona de cementerio antes de que la naturaleza les lleve al cielo gris con sus alas mutiladas.

Ahora, nuevamente las garras de las arpías, retornan afiladas. Ellas van bajo el comando del águila mayor, aquella que gigantesca y sin parangón, guarda la experticia de exterminio en todas las latitudes del planeta. El odio fraticida, cobijado de añejos y nuevos testamentos , de balas, bombas y toletes, se dispara sin tapujos. Primero hay que dejar miles de tuertos, después hay que sembrar de muertos las calzadas; no importan los costos, finalmente el presupuesto para recargar las municiones, está garantizado. Dejaremos a los sarastraposos, sin escuela, a los huérfanos sin casa, a los hambrientos sin pan, a los dolientes sin hospital, a los soñadores sin cielo, a los jóvenes sin futuro, a los viejos sin jubilación, a los sedientos sin agua y a los guaguas sin futuro.

Sin embargo, y de eso soy conciente; no podrán exterminar a los pacientes que tenemos el corazón abierto para los otros, a las madres y abuelas sin Alzheimer, a los que sueñan a pesar de no poder contemplar las estrellas, a los que creen que el paraíso puede aún hacerse presente sobre el odio y la inequidad, aquí mismo, simplemente venerando a los difuntos y a sus sueños truncados pero latentes.

La América india, la de las whipalas, ponchos rojos, polleras, alpargatas, está llena de volcanes, aparentemente dormidos, que estallarán con sus bramidos, cantos y consignas hasta despejar el panorama.


Las banderas de la paz, la justicia, la igualdad, la solidaridad serán arriadas siempre y cuando se dé paso al flamear de una sola bandera que cobije todos los colores de los sueños fraternales del planeta entero.