DESDE ECUADOR (Análisis de la situación N° 4).

Daniel Kersffeld|

Hasta el domingo pasado, la grieta en Ecuador aparentaba ser entre el gobierno y la CONAIE. Hoy en cambio, la CONAIE colabora activamente con el gobierno para definir los aspectos fundamentales del nuevo decreto que reemplazaría al 883 con el que se eliminó el subsidio a los combustibles.

Así, el gobierno obtuvo un imprevisto aliado en la nueva implementación del acuerdo con el FMI, lo que sin duda contribuye a darle una legitimación y una profundidad social que antes no tenía. Y la CONAIE aceptó el papel de contraparte “dialógica”, para entonces analizar cómo se procedía a aplicar un ajuste que en principio a ella no la perjudicaría o no debería afectar considerablemente a sus bases.

Ahora bien, y más allá de lo ocurre a nivel local, también resulta llamativo lo que tiene lugar en el frente externo. El martes tuvo lugar una reunión extraordinaria en el marco de la Organización de Estados Americanos (OEA). La convocatoria, impulsada por Ecuador, tuvo como primer objetivo la obtención de un claro respaldo a la democracia y a la paz, según el título del documento aprobado. Pero también se pueden señalar otros objetivos y consecuencias:

1) Obviamente, sumar apoyos frente a denuncias de entidades como Amnesty International que criticaron duramente el accionar represivo durante los días de protesta. En este sentido, el éxito fue total ya que prácticamente todos los países saludaron la paz alcanzada en Ecuador como un logro y un mérito del gobierno de este país.

2) Reactivar políticamente a la OEA y ayudar también a su secretario general, Luis Almagro, dándole una conveniente vidriera para su mejor posicionamiento público, ahora que se encuentra embarcado en una difícil campaña para su relección en el cargo.

3) Por último, y esto es lo más importante, se avanzó en generar una alerta internacional de que lo que le ocurrió a Ecuador puede sucederle a cualquier otro país que marque públicamente sus diferencias con la Venezuela de Nicolás Maduro. En este sentido, los embajadores de Estados Unidos, Brasil, Paraguay, Chile, Honduras y Colombia expresaron su preocupación por la posibilidad de que una “injerencia foránea” pretenda desestabilizar las democracias en América. En tanto que el delegado de Juan Guaidó señaló que el responsable último de la crisis en Ecuador era “el gobierno usurpador de Nicolás Maduro”. Como mencionó Luis Almagro al concluir esta sesión: “las brisas bolivarianas (no son) bienvenidas en el continente americano”.

Una vez que el gobierno y la CONAIE colaboran en la puesta en marcha del nuevo plan económico impulsado por el FMI, reaparece una antigua grieta, de carácter primordial, que todavía da sentido al inicial giro político de Lenín Moreno.

La línea discursiva planteada por el gobierno en la OEA termina de precisar el momento que hoy vivimos: en definitiva, todo se trató de una fallida estrategia promovida desde el correísmo con apoyo logístico y financiamiento de la Venezuela de Nicolás Maduro. De nuevo, sin que se mencionaran evidencias concluyentes sobre este esquema cooperativo, se enumeró una serie de características de la “batalla de calles” que, por su grado de coordinación, sofisticación, operatividad y alcances, únicamente podría ser atribuible al desempeño venezolano (y seguramente con colaboración cubana). Dicho de otra manera, los indígenas que protestaron la semana pasada no podrían haber tenido la capacidad técnica ni el sentido estratégico requerido para lograr tal conmoción social y política en el Ecuador.

En consecuencia, hoy el correísmo sufre un segundo golpe político, prácticamente demoledor, en menos de dos semanas: si primero fue marginado del escenario de la protesta por quienes lideraron la revuelta, hoy tiene un renovado frente de conflicto con el gobierno, que ha llevado a la detención y al pedido de asilo político en la embajada de México a varios de sus principales dirigentes. Esta situación sólo se sostiene por un gobierno que aun en su debilidad, sabe aprovechar el clima de impopularidad y de deslegitimación que sufre el correísmo desde hace años en amplios sectores de la sociedad ecuatoriana.

El argumento de la nueva oleada anticorreísta no deja de ser novedoso, ya que en este momento no se investiga a sus referentes por casos de corrupción o por malversación de fondos públicos (que había pasado a ser lo común no sólo en este país), sino por el intento de golpe hacia el gobierno en complicidad con fuerzas externas a la nación… O, dicho en otros términos, por desestabilización y por traición a la patria.

La ciudadanía, por supuesto, asiste expectante y con creciente miedo a una dinámica política que promete todavía más sorpresas y más derivaciones imprevistas, ya que como el mismo presidente Moreno dijo en su pronunciamiento público del martes, el pueblo “sabe perfectamente que la violencia puede volver”.

En función de lo mencionado resulta más que pertinente mencionar al historiador francés Jacques Heers (1924-2013), quien en “La invención de la Edad Media”, afirmaba lo siguiente:

“Observemos, en todo caso, que las altas murallas levantadas con grandes costes, hacen inevitablemente de la ciudad un mundo cerrado, tan protegido y tan vigilado como el castillo más arrogante de los señores feudales. Las ciudades veían en esas murallas, cuya construcción se comía una parte importante de sus recursos, una defensa eficaz contra los ataques armados; no sólo contra los invasores del extranjero sino, más bien y en definitiva, contra las empresas astutas e inopinadas de los rebeldes exiliados, de aquellos a quienes las crónicas denominan, lisa y llanamente, el ‘partido de fuera’. La ciudad mercantil vivía día tras día con la obsesión por la traición y por el complot, con las sospechas y las guardias reforzadas, con las delaciones, los encarcelamientos y las ejecuciones de los cómplices o supuestos cómplices colmados de injurias, de los enemigos ‘del pueblo y del partido’, enemigos de la paz, ‘lobos rapaces’, bestias inmundas…”.

De este modo, la habilidad del gobernante para mantener y acrecentar su capital político no se basaría en cerrar grietas, si no en saber cerrar y (re)abrir nuevas grietas, distintas a las anteriores, según su conveniencia y necesidad.