Domingo, 6 de diciembre de 1534

Pedro Saad Herrería|

Este será un día recordado con horror, y nadie -¡jamás!- se atreverá a festejarlo, porque estos europeos han hecho lo que ni el Inca pudo: han arrasado Quito, reduciéndola a escombros.
De la antigua y hermosa ciudad de nuestros mayores, solo quedan ruinas. Los hombres, diezmados por las guerras y mutilados por las torturas infamantes, miran con temor la llegada de estos seres que caminan cubiertos de metal, haciendo ruido de lata por las calles de piedra bien pulida y con miradas tan frías como sus espadas.
Las mujeres, escarnecidas y vilipendiadas en su honor, se ocultan de las miradas lascivas de estos monstruos, como se esconderían de las fieras de los bosques.
Incluso los niños, aterrorizados por la crueldad de que hacen gala los “cristianos”, medran por los rincones, sin atreverse siquiera a alzar la vista.
Con todo ofenden. Hasta con las palabras. Porque dizque han “fundado” esta ciudad, que ha existido mil años.
Para estos españoles, “fundar una ciudad” es algo distinto que para nosotros. Para los Shirys, como para los Huancavilcas o los Tsáchilas, fundar un poblado es erigirlo donde antes no existía, vivir en él, sembrar sus campos, amar a sus mujeres y no concebir el futuro personal separado del futuro colectivo del pueblo que se funda.
En cambio, para estos “civilizados” europeos, más prestos a destruir que a levantar, parece que “fundar una ciudad” no es más que escribir un papel que dice aquello; nombrar un Cabildo que medio la gobierne y ponerle un nombre que no sacan de la tierra, las montañas o los ríos, sino que extraen de sus propias nostalgias, como si no les bastara con enseñorearse en nuestro suelo, sino que tuvieran que traer además toda su tierra, con sus nombres, hasta la tierra nuestra.
Dicen que vienen del Norte, pero llegaron del Sur.
De Cajamarca salieron. Allí mataron a Atahualpa, que ya solo era medio Shiry porque se había vuelto medio Inca, y vinieron por la cordillera a buscar más oro y más mujeres.
El 15 de agosto según cuentas de ellos, “fundaron” una tal Santiago de Quito, especificando que lo hacían “en el pueblo de Riobamba”, que es otra cosa que no comprendemos –¿cómo se puede fundar un pueblo donde ya está otro?- y después llegó uno que venía de más lejos, de una tierra con un lindo nombre de mujer que él mismo llama “Guatemala”, y negociaron y compraron y vendieron, y el día que ellos dicen 28 de agosto de 1534, justo al año de que Francisco Pizarro diera muerte a Atahualpa, le pusieron a su ciudad el nombre de su matador, porque a esta segunda “Quito”, la llamaron San Francisco.
Y fue entonces cuando vino este maldito Juan de Ampudia y entró a la capital a buscar más oro, y comenzó a matar hombres, mujeres, ancianos y hasta niños, porque no le decíamos dónde.
Nadie sabe a cuántos mató. Y nadie lo sabrá nunca, porque no nos permitieron ni siquiera enterrarlos o cuidarlos. Con la carne de los muertos cebaron a sus perros los “cristianos”.
¿Serían cinco mil, diez mil serían? ¿Fueron veinte mil los quiteños que murieron para que los cristianos “fundaran” su ciudad?
No lo sabremos nunca, hermanos.
Y solo después que acabó la matanza llegó este Sebastián de Benalcázar y ha hecho pregonar un acta, en la que pone multa al que se vaya de la ciudad, porque él mismo tiene miedo de que a nadie le guste ya vivir encima de tanto muerto como han hecho.
¡Ay de nuestra ciudad, hermanos!
Porque sigue siendo nuestra, aunque le hayan cambiado nombre y apellido.
Pero también es ajena, porque ahora, por ese papelito que algunos no pudieron ni siquiera firmar porque no saben cómo, la capital de los Shirys se ha convertido en un pueblo castellano.
No lo será por siempre.
Llegará un día cuando los rencores y los miedos y los recuerdos y las esperanzas se mezclen, y se fundan las sangres en el crisol del tiempo.
Y renaceremos.
Los mismos y otros. Los que estábamos y los que vinimos. Y otros que vendrán. Y otros que llegarán de otras partes. Y otros. Y otros…
Y Quito seguirá aquí, junto al Pichincha.
Y los valles seguirán aquí y aquí los ríos.
No será hoy y no será mañana. No será en el próximo sol ni en la próxima luna. Quizá deba pasar una luna entera por cada uno de los muertos de este 6 de diciembre, pero el futuro vendrá.
Y Quito volverá a ser Quito.