¿Dónde debe colocarse a Pablo Celi?

Editorial|

Nacido en la izquierda, con un prestigio de intelectual “orgánico” y al mismo tiempo personaje poco orgánico a sus lealtades, el actual contralor encargado o subrogante (según use la denominación que más le convenga) no debería ni tendría por qué ocupar un lugar en la historia de la izquierda ecuatoriana sino en los anales de la peor calaña política y en los adalides del descaro.

Devenido, hoy, en locuaz padre de la moral y del cuidado de los bienes públicos muchos conocen de su osadía política para asumirse como un “lobo estepario” de dudosa estirpe. Nadie dudaría, a estas alturas, que le gusta el poder, pero llega a él por la tranquera y desde ahí colabora con quien le garantiza impunidad.

Es una lástima que quienes lo conocen bien, no solo porque farrearon y feriaron su tiempo libre en dislates poco provechosos para el pensamiento político nacional (como uno de los pelagatos que se debe a él como a su ahora santa impunidad) no tengan la misma vara para medir sus evidentes violencias institucionales y normativas al frente de la Contraloría.

El subrogante ha pasado desde trincheras de izquierda hasta el populismo más ramplón; incluso una llegada “paracaidística” en la Revolución Ciudadana (en la que se cuidó mucho de mostrarse como ferviente admirador de Rafael Correa) para terminar (porque seguramente nadie confiará en un tipo de mínimos reparos éticos) en el “morenismo” y de la mano de Carlos Pólit y ahora de María Paula Romo y Juan Sebastián Roldán, a quienes alguna vez llegó a tachar de derechosos y de “niños bonitos de Esquel”.

No sabe ni hostia de auditorías y menos de contralorías contables, pero está ahí porque era un bien preciado para Pólit y para Odebrecht. El mismo excontralor prófugo en Miami y uno de sus enemigos políticos, ahora en prisión, Carlos Pareja Yannuzzelli, lo denunció en su momento, pero no ha servido de nada porque un “ilustre” autócrata como Julio César Trujillo -y su corte de sumisos- lo dejó en el cargo para seguir en sus fechorías poco perfumadas.

Al parecer, se le nota el miedo y la vergüenza en los ojos en las pocas apariciones públicas que hace en medios y con entrevistadores puestos a sus pies. Del talante de supuesto teórico de la izquierda no le queda sino el descaro y la verborrea. De ese agitador, con ínfulas de maestro sabelotodo, no queda sino su barba para emular un tiempo –el suyo- dizque revolucionario.

A estas alturas, no merece ni respeto ni consideración lo escrito de su puño y letra. Ya nadie podrá identificar sus apuntes con sus actuaciones. Entre los unos y las otras solo queda el desparpajo de un “cuadro” político al servicio de quienes hoy desgobiernan y de determinada embajada, con una carga de odio y de veneno en todo lo que hace y piensa, tanto que sus amigos y parientes más cercanos casi lo evitan.

Es ahora esa piedra angular de un poder hegemónico de quienes dijo combatir en sus épocas juveniles de izquierdista radical. Va como a misa a la celebración del 4 de julio; brinda con una fiscal que en sus clases la habría tachado de bruta y reprobaría en la primera prueba o examen; y se sienta al lado del “Primer Mandatario” como si con él configurara su graduación histórica e histérica en el doctorado de la infamia.

Ese el hombre que ocupa la Contraloría General del Estado y quiere perennizarse ahí gracias al más viciado de los factores de poder que ahora se conjugan en Ecuador: el pacto de la derecha oligárquica y los intereses de la embajada del norte.