El COVID19 y la imaginación utópica

Juan Ramírez|

Él es elocuente y persuasivo, e incluso alguna vez sus palabras tuvieron poder sobre mi corazón;

pero no confíes en él. Su alma es tan infernal como su forma, llena de traición y endemoniada malicia.

Mary Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo

 

No era de gran consuelo saber que Gidi se había vuelto loco.

 Después de todo, empezó cuerdo,

y nunca advirtió que había cruzado la línea.

Su continua creencia en su propia racionalidad

aparecía claramente en sus diarios.

Pasó gran parte de sus últimos días felicitándose

por haber conseguido una vida ordenada y sensata.

Isaac Asimov/Roger Macbride Allen, Caliban

 

Pero la utopía como forma

no es la representación de alternativas radicales

es, por el contrario, sencillamente

el imperativo de imaginarlas.

Fredric Jameson, Arqueologías del futuro.

El deseo llamado utopía y otras aproximaciones de ciencia ficción

Preámbulo

En un ambiente controlado el miedo y la inercia nos muestran indicios sobre algunos rasgos que marcan nuestro tiempo. Medrosa e inerte sería el tipo de persona adecuada para sostener un mundo entregado a una pobre pero tranquilizadora convicción ideológica universal que dice así: ninguna alternativa es posible. Lo alter-nativo es perturbador. Fredric Jameson, a propósito de sus reflexiones sobre literatura de ciencia ficción, apuntó: “perturbación es, por lo tanto, el nombre de una estrategia discursiva, y la utopía es la forma que necesariamente adopta dicha perturbación”. Sembrar nuestros miedos en la imaginación utópica hace posible enfrentarnos a ellos en mejores circunstancias.        

            ¿Qué pasaría si no supiéramos hacernos cargo de nuestra propia salud? ¿Qué pasaría si desdeñáramos las prácticas y los saberes que le han permitido a la humanidad resistir y el sostener la existencia? ¿Qué pasaría si nos topáramos de frente con la forma definitiva de nuestros miedos? O como se preguntaba Eduardo Galeano: ¿Qué pasa si pasa lo que está pasando?

Primer acto; la técnica

Caliban es un robot que huye de los humanos. Se ha logrado colonizar otros planetas. Estamos en un futuro remoto. Caliban es perseguido, le temen. Creen que es un asesino descarriado. Él no tiene recuerdos más allá de un primer instante de conciencia. Abre los ojos en una habitación donde hay una mujer tendida en el suelo, sangrando. Él tiene una peculiaridad, su cerebro está “en limpio”, no lo rige ley alguna. Es un experimento. Es parte de un plan para demostrar que las leyes humanas se derivan de la forma en que nos vinculamos, no a la inversa. Dicho de otro modo: no hay una “naturalidad” abrazada a nuestra humanidad, salvo una característica de consistencia formal: la metamorfosis, la capacidad de reposar o transitar de una forma a otra. La mujer que está tendida en el piso, por cierto, se llama Fredda Leving.

            Antes de cerrar los ojos, la mirada atónita de Fredda estaba fija en un par de pies metálicos. Al despertar, una de sus principales preocupaciones era la seguridad de Caliban. Todo está mal. Pero podría empeorar si todo mundo supiera la verdad. Que ese robot no tiene ley. Para una sociedad que reposa, material y afectivamente, en las posibilidades de la técnica, el miedo mayor es que la propia creación se vuelva contra ella. En esta novela, la primera de una saga de tres novelas escritas en una colaboración entre Isaac Asimov y Roger MacBride, se pone en juego una recreación del mito de Prometeo. Si los autores hubieran repetido el gesto de Mary Shelley, la novela hubiera debido llamarse “Fredda Leving o el posmoderno Prometeo”.

             El mítico gesto de Prometeo ―el Titán que roba el fuego de los dioses griegos para dárselo a los hombres― en manos de Shelley, una muchacha de 18 años, se actualiza proponiendo interrogantes sobre las implicaciones y las consecuenciaas de la técnica en manos de la humanidad. Si en su novela el desenlace se agota en la destrucción de la familia de Víctor Frankenstein, como una advertencia, en la historia de Asimov-MacBride se arranca con el supuesto intento de asesinato de Fredda, nuestra Prometea, involucrada en una crisis oculta que va a desencadenarse en su planeta, llamado Inferno. Si no somos capaces de ver en el fuego la posibilidad de una colaboración libre, parece decirnos el Titán, la civilización humana seguirá siendo presa de sus propios miedos. La crisis se debate entre la necesidad y la negativa a transformar la concepción y el sentido de la técnica; entre la aceptación y el rechazo de otra forma de mediación con el mundo.

Segundo acto; los síndromes

Hay algunas diferencias importantes entre la creatura de Víctor y la de Fredda. La primera nunca tuvo nombre, la segunda sí. La razón es que la doctora Leving siempre nombra a sus creaturas según le dicta su afición por la literatura. Todas llevan el nombre de algún personaje de William Shakespeare. En este caso, el nombre de Caliban proviene de La tempestad. El autor eligió una transliteración de la palabra caníbal, que proviene a su vez de la palabra caribe. Y es por ello que no se debe acentuar en la última sílaba. Para preservar una mejor homofonía con su palabra de origen. En esta obra se cuenta la historia de otro Prometeo, un hombre de ciencia que adopta a un monstruo y lo enseña a hablar. En un intenso pasaje, Caliban agradece a Próspero, su amo, el haberle enseñado a hablar, pues así puede maldecirlo en su propia lengua. En contraste, la creatura de Víctor aprendió a hablar por su cuenta, espiando a la gente de una cabaña. Cuando encuentra a su creador, quien recibe la maldición es él, la creación.

            Fredda maldice a la estupidez humana. En su sociedad hay dos fenómenos entrelazados a partir de los cuales se puede caracterizar esa estupidez: el síndrome de Inercia y el síndrome de Frankenstein. El segundo, como se dijo antes, alude al miedo provocado por la propia creatura. Los robots son esclavizados por el temor que despiertan en los seres humanos. Llevan inscrita en su cerebro una obediencia ciega a las tres leyes de su esclavitud: 1) Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño alguno; 2) Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entrasen en conflicto con la primera ley; y, finalmente, 3) Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera ley o con la segunda.

            La crisis que atraviesa esta sociedad imaginaria es ocasionada por la necesidad de encontrar una salida en la actualización del pacto que sostiene con lo Otro o lo Inefable. Esto es, haber hallado su identidad dinámica; el punto de equilibrio preferido entre la libertad y la necesidad. Están en una disyuntiva: revolución o barbarie. Están emplazados a hacer un reconocimiento de su ser limitado y aceptar el reto que las capacidades técnicas le ofrecen para construir una civilización no sobredeterminada por la pulsión de muerte, sino por la de vida. En el personaje de Fredda Leving Prometeo se transforma, proponiendo otro tipo de relación con el mundo. Ella sabe que las posibilidades de supervivencia se juegan en la aceptación de ese reto: el de desatar la metamorfosis para hallar una nueva forma social que la haga posible. A diferencia de Víctor Frankenstein es mujer. Se preocupa por su creatura. Eso indicaría, bajo otra forma del mito, que maternar es un acto político radical. Hacernos cargo unos de otros, colaborando libremente. La crisis habita en todos. Y su epicentro está en el miedo a la incertidumbre.

            En la novela, el síndrome de Inercia encuentra su mejor caracterización en el caso del más perturbador de quienes habían muerto a causa del padecimiento y que por ello eran llamados muertos inertes. “Si hubo alguna vez un caso que advertía de algo profunda y seriamente maligno, ése era el de Gidi”, dice Alvar Kresh, el Sheriff que investiga el caso. Se refiere a un hombre llamado Davirnik Gidi. Estos muertos inertes, antes de estar muertos, eran sólo inertes. Se las arreglaban para no hacer nada por sí mismos. Dejaron de hacerse cargo. Organizaban sus vidas para que los robots hicieran todo por ellos. Buscaban simplemente “una vida cómoda”. Eran personas deliberadamente apartadas del mundo exterior que pasaban desapercibidas gracias a una sociedad en donde las personas sentían mucho respeto por la intimidad individual.

            Gidi se las arregló para morir “como un hombre feliz en un mundo perfecto”. Había llegado “a un estado de perfecta soledad donde nada tenía porqué molestarlo de nuevo”, decía en su diario. Después de haber preferido no hacer nada, ordenó a sus robots no molestarlo a menos que él lo dijera. Y finalmente dejó de hacerlo. Lo encontraron meses después, podrido pero sonriente. Fue un escándalo callado. Gidi era una celebridad y encarnaba los ideales de su tiempo. Gidi es la imagen en negativo de Caliban. Juntos hacen una contraposición entre el sinsentido y la búsqueda del mismo. El miedo a ejercer en otro sentido sus capacidades los llevaron a idealizar en su presente el único y el mejor de los mundos posibles. El síndrome de Inercia es el opuesto complementario del síndrome de Frankenstein.

            Al final de la novela, Caliban y Fredda se encuentran. Ella dice ven conmigo, él no se mueve. Ella corrige, después de una breve confusión. Se le despeja el rostro y dice Oh, por supuesto. Caliban, ¿quieres por favor venir conmigo? Y responde Caliban, Desde luego. Esto cierra el primer momento de la reflexión emprendida por Asimov y MacBride. Es el primer eslabón de un gesto de consistencia mítica que podríamos llamar prometéico. Allí inicia la embriaguez de la metamorfosis, la historia de la colaboración con una técnica liberada, que lleva inscrita en su diseño una forma de cooperación en el trabajo y una propuesta alternativa para habitar el planeta.

Tercer acto; lo prometéico

La proliferación de gestos prometéicos podrían viralizar una forma de proceder alternativa a la imperante. Para contrarrestar el síndrome de Inercia haría falta volver y hacerse cargo. No temerle al fuego de los dioses, ni al trabajo, ni a la socialización; salir de nuestra propia medida, hacer las cosas, y hacerlas con los otros.

En la crisis actual, donde la pandemia es un síntoma, llama la atención una disputa por la salud en la que se ha dado a conocer Andreas Kalcker (https://andreaskalcker.com), que sobre la base de una investigación científica, de más de 10 años, puso a disposición de todo mundo un tratamiento efectivo para el COVID19. Apunta en su página: “Al descubrir por mi mismo que existen más alternativas de las que la medicina convencional nos ofrece, se me han abierto los ojos y desde entonces me dedico a investigar sobre una sustancia conocida como MMS, que en realidad no es otra cosa que dióxido de cloro”. Para ampliar su convocatoria se ampara en la Declaración de la Asociación Médica Mundial de Helsinki, según la cual, “Todo Médico está Autorizado a usar procedimientos preventivos, diagnósticos y terapéuticos nuevos o no comprobados”. Y ofrece manuales, en video y en texto, para la elaboración del dióxido de cloro (CDS), así como sus protocolos de uso. Esto ha desatado, o mejor dicho, ha puesto en evidencia un ángulo problemático de la industria farmacéutica al dejar en entredicho las supuestas prioridades con las que se administra la salud de la sociedad y la “salud” de la industria. En el mismo portal, afirma: “hay que admitir que sí crea resistencias, ya que existen algunos detractores que consideran que es una sustancia peligrosa y venenosa”. Andreas Kalcker ha producido una perturbación en el sistema.

            Podemos ahora imaginar a Prometeo, metido en esta historia, como introducido en un presente escogido al azar. Ni alimentados ni preparados para los acontecimientos actuales, una débil fuerza prometéica puede hacerse presente en nosotros cuando a la luz de la catástrofe queramos y sepamos interponer la sombra de la libertad, recuperando la capacidad de pensar y hacer por nosotros mismos lo que hemos delegado: la responsabilidad de hacernos cargo de nuestra salud, como de nuestra educación y otras dimensiones de la existencia. Aliarse al uso lúdico de la técnica liberada para transformar la consistencia del vínculo con uno mismo, entre nosotros y con lo Otro o lo Inefable.