10 febrero,2019

Hombre que se mira el ombligo

Les voy a contar una historia, storytelling le llaman ahora, acerca de lo peligroso de mirarse el ombligo.

Hace pocos días en un intercambio de tuits creí conveniente incorporar al análisis un reportaje que Visión 360 había hecho en el año 2015 acerca de las Escuelas del Milenio, en el que se mostraban las opiniones agradecidas de educandos y educadores.

Mis contertulianos tuiteros -este dato es importante en la historia- eran hombres entre 40 y 50 años de edad, profesionales, de buena posición económica y sanamente interesados en una mejor educación para el país.

Uno de ellos, con tecla rápida, me respondió así:

“Bien por la infraestructura educativa […] Como punto aparte: Parece que los medios no siempre son demagógicos, cínicos ni mercenarios…”

El tuit hacía alusión a mis artículos de los últimos meses en los que he pretendido mostrar las vergüenzas de aquello que Joseph Pulitzer llamó “prensa cínica, mercenaria y demagógica”.

Comenté entonces que si la prensa (incluso los medios alineados con las élites) cumple con su trabajo, hay que validarlo y coadyuvar a su difusión. Me contestaron lo siguiente:

“[…] ‘cumple con su trabajo’ es un hilo bastante fino y subjetivo. ¿Visto desde qué óptica? ¿La del público? ¿La de los jefes? ¿Tuya? ¿Mía? Hilo fino y muy largo, con nudos cada cierto punto”.

“Cumplir con el trabajo” no es ni un hilo ni es subjetivo ni tiene nudos; cumplir con responsabilidad el trabajo periodístico es informar con veracidad, contextualizar, contrastar fuentes y versiones y diferenciar la información de la opinión; es, en suma, cumplir los códigos deontológicos de la profesión y del medio.

Entonces entramos en el delicado campo de si la prensa influye o no en la formación del criterio ciudadano:

“Tú decides qué ver y a quién creer […] Los medios no son dueños de tu criterio y pensamiento”.

Allí dejé de tuitear porque me di cuenta que se estaban mirando el ombligo.

Para estos tuiteros, desde la atalaya de sus 45 años de edad y sus títulos de cuarto nivel, es muy lógico afirmar que cada quien decide qué creer y que los medios de comunicación no gobiernan sobre el pensamiento ciudadano.

Para estos tuiteros la prensa es inocua; para ellos -y para otros como ellos- el reciente despropósito de la señora Hinostroza fungiendo de defensora de la asambleísta Galarza ha de ser una anécdota inofensiva; o las expresiones de Gonzalo Rosero sugiriendo que la misma asambleísta fue atacada por sus cualidades físicas generan tuits como este:

“[…] es decisión del usuario si quiere ver, escuchar o creer lo que dicen”.  

Aterricemos el tema: primero no son usuarios, son ciudadanos y ciudadanas. Luego la comunicación social es un derecho, homologable a la salud pública, no un bien de intercambio.

La mayor parte de la ciudadanía tiene urgencias y carencias diarias que apenas le dejan tiempo para ver los titulares de los diarios y algunos minutos del noticiario de la noche. Se mal nutre de migajas de información y con eso construye su opinión sobre los temas de alto interés nacional, con eso definen su voto, su posición política, sus afectos o desafectos por lo público, etc.

Esa ciudadanía, la de a pie, la que constituye más del 70% de la población nacional, la que menos tiempo y oportunidades tiene para investigar, contrastar y entender, necesita -es su derecho- una prensa que informe con pulcritud porque, como lo afirma la socióloga argentina Ana Wortman, experta en consumos noticiosos, “los medios inciden en la formación de la opinión. Pueden dar información parcial, incluso tergiversada, y así condicionan”. Condicionar para proteger intereses elitistas es mercenario, hacerlo y presentarse como adalid de la verdad es cinismo, hacerlo para adormecer al pueblo es demagógico.

Los medios de comunicación no son dueños del pensamiento ciudadano, pero tienen enorme influencia sobre sectores mayoritarios, donde se albergan tradiciones de apego a medios que otrora fueron románticos y valientes defensores de las libertades ciudadanas, pero que ahora, convertidos en corporaciones, se han deformado en protectores de las élites y de los gobiernos conservadores.

Mirarse el ombligo es una práctica sencilla, basta con fijar la mirada en la antigua cicatriz, deprimida e inútil.

El hombre que se mira el ombligo, ineludiblemente, deja de ver el mundo.