La presencia de Anita

Andrés Reliche|Comunicación|

Ofrezco disculpas a los ciudadanos, al país. Alerto a los estudiantes de comunicación. A esos jóvenes que, ilusionados, impulsados por una vocación –o quizá por una idea romántica anclada en clichés y películas estadounidenses- creen que el periodismo es una profesión, una actividad con la que pueden ir en busca de la verdad, luchar contra el poder y servir a la gente.

Tres acontecimientos recientes, uno más bochornosos que otro, han puesto al periodismo en boca de la opinión pública evidenciando distorsiones sobre lo que se supone debe ser el oficio, al que unos cuantos han agraviado.

Uno fue la defensa a ultranza que asumió la inefable Janeth Hinostroza a favor de la asambleísta Ana Galarza, del movimiento Creando Oportunidades (CREO), señalada por varios actos irregulares. Lo hizo el martes 5 de febrero cuando actuando como fiscal y juez, pretendió arrinconar al legislador Ronny Aleaga, quien sustentó la investigación que derivó en la destitución (con 91 votos) de Galarza, y Lenín Rodríguez, el asesor que la denunció por el cobro ilegal de dinero a sus colaboradores, tramite de cargos públicos, mal uso de la tarjeta electrónica, entre otros.

Hinostroza, quien no se caracteriza justamente por su imparcialidad, marcó territorio de entrada y advirtió a Aleaga y Rodríguez que ella era la dueña del tiempo, del micrófono y de los argumentos (de defensa de Ana Galarza, a quien un día antes, por el contrario, le permitió explayarse). En el transcurso de la entrevista, que en realidad fue un pedido de derecho a réplica, no permitió que los entrevistados desarrollen sus respuestas, interrumpiéndoles permanentemente y evidenciado su disgusto con muecas.

La parcialidad de Hinostroza con la asambleísta ambateña caída en desgracia fue tal que Fidel Egas (de quien se dice sigue siendo dueño de Teleamazonas) comentó en su cuenta de Twitter: “Horrible entrevista. La obligación periodística es buscar la verdad”.

¿Hasta qué punto estará por mal camino el periodismo en Ecuador que un banquero tiene que dar consejos sobre cómo se debe hacer el trabajo?

Y si todo lo anterior ya no causara vergüenza, el mismo martes el radiodifusor Gonzalo Rosero (https://twitter.com/relicheandres/status/1092978729784168454) puso la guinda al pastel. En entrevista con Ana Galarza (a quien por cierto le han salido defensores mediáticos como Tania Tinoco y Carlos Vera) le lanzó la siguiente pregunta (sobándole el brazo izquierdo): “¿Sus cualidades físicas no les ha puesto a un sinnúmero de compañeras asambleístas con un celo específico, un celo de mujer, un celo de qué será?”.

Lo expuesto me exime de mayor comentario. Es vergonzoso el nivel de ciertos dinosaurios de la comunicación, de los divos que, lamentable y peligrosamente tienen la posibilidad de dirigirse a la opinión pública. Son un peligro parlante porque lo que están proporcionando a la gente no es información ni opinión sino basura.

Esa es la “libertad” que tanto dijeron defender y que, en realidad, es libertinaje para conseguir prebendas del Estado, para manipular y para alcahuetear a los panas (porque son simpáticos/as) y destruir a los otros (porque me caen mal).

La presencia de Anita, de Ana Galarza, nos permitió identificar que aún sigue vigente un periodismo mañoso, anclado a viejas prácticas, que no tienen compromiso con los ciudadanos –como debe ser- sino con el poder, ese del que supuestamente quieren tomar distancia, pero al cual adulan.

UNP

El 29 de enero, la Unión Nacional de Periodistas organizó un pomposo acto para entregar los premios Eugenio Espejo a varios comunicadores de medios televisivos y escritos. El bochorno se dio porque, aparte de las fallas de organización, se invitó a “altas autoridades del Estado” (así lo destacó la propia UNP), entre ellas los asambleístas Cristina Reyes y César Carrión; la fiscal de la Nación, Ruth Palacios, un subsecretario de la SECOM, un delegado del Cordicom, y de la Unidad de Análisis Financiero (UAFE).

(El 24 de diciembre de 2015, Guadalupe Fierro, presidenta de la UNP, recién posesionada en el cargo decía a diario La Hora que “siempre hace daño al periodismo ecuatoriano acercarse al poder”).

Sostuvo, la señora Fierro, a quien ahora al parecer no le importa inclinar la cabeza al poder de turno, con el que los medios y sus jerarcas ya no solo tienen escarceos amorosos sino que están en plena luna de miel, que el periodismo debe tener “una función crítica”, que no debe hacer “política palaciega”.

No le importa arrimarse con el poder al que tanto criticó en los gobiernos de Rafael Correa porque le caía mal, porque el exmandatario se atrevió a cuestionar a ese otro poder, abusivo, que son los medios hegemónicos. Porque, horror de horrores, impulsó una Ley de Comunicación que ponía freno a los excesos de la prensa y estableció criterios de responsabilidad ulterior, entre otros aspectos.

Ahora ya no es crítica. Y guardó silencio cómplice por la negligencia casi criminal del Estado (cuyos representantes ahora premian periodistas que antes eran unos tigres y ahora son unos gatitos inofensivos que reciben palmaditas en la espalda) por el asesinato de Paúl Rivas, Efraín Segarra y Javier Ortega, trabajadores de diario El Comercio.

Por estos hechos bochornosos, que avergüenzan a los periodistas, ofrezco disculpas al país. No todos somos así. Alerto a los estudiantes para que analicen los ejemplos expuestos, ejemplos vivientes de lo que no debe ser este oficio.