Nadie les cree

Arturo Belano|

La esquizofrenia paranoide que invade Carondelet está llegando a nivel Calígula, Nerón, Domiciano o Cómodo. Aquellos emperadores romanos que son retratados por la historia como megalómanos que, absorbidos por el poder absoluto se dedicaron a hacer trisas el Imperio por el puro placer de hacerlo. No sé cuántas veces hemos citado a Einstein cuando decía que realizar siempre las mismas acciones esperando un resultado diferente es un evidente síntoma de locura.

Este gobierno está llegando a su tercer año de gestión y mantiene su estrategia de victimización que tiene un solo verdugo. Para ellos Rafael Correa está detrás de todo lo que les ha pasado. De todo. Durante un poco más de un año, la estrategia les sirvió. Lograron posicionar mentiras burdas como verdades relativas. Desde los 70 mil millones supuestamente robados hasta el sobreendeudamiento. Desde la cámara operada desde Bélgica, hasta la carretera para el narcotráfico. Todas estas, mentiras sin fundamento que han usado para acabar con la vida de sus otrora compañeros. Jorge Glas sigue preso sin pruebas, y solo por la fuerza de las circunstancias. Él es el premio mayor con el que Moreno sacia su sed de venganza. ¿Venganza de qué? Nadie sabe. Pero venganza igual. En el fondo, pareciera que Moreno no pudo tolerar que Glas esté mejor preparado que él para dirigir al país. No pudo tolerar que al final, su temple, su fuerza y su altura de mira sea mil veces superior a la incapacidad notoria de Moreno para, siquiera, articular una palabra.

Al segundo año de gobierno ya fue más que notorio que su estrategia del anticristo no estaba funcionando. El mejor ejemplo fue que hace un año, con partido prestado, con árbitros en contra, con toda, absolutamente toda la prensa fascista que cogobierna generando mentiras y verdades a medias, Correa logró meterles 2 prefectos, alcaldes, incluso concejales en varias ciudades. Y, aun así, siguieron con la misma perorata cancina.

Llegó octubre y la absoluta rendición a los poderes económicos más nefastos del país le pasó factura. Lo de octubre fue una ebullición social sin precedentes en los últimos 14 años que fue precisamente exitosa porque el correísmo fue tan solo un actor marginal. Y allí, siguieron con su cantaleta. Rafael Correa es el demonio personificado y al que hay que acabar a como dé lugar. Aquí ya había claros indicios de un problema mental que abarca a todo el gobierno. Porque nadie en el Ecuador les creyó. Bueno, casi nadie. Los que sí les creyeron son ese 10% de la población que tilda a los correístas de fanáticos borregos y que no se da cuenta de que su fanatismo cargado de odio que les carcome las entrañas les hace creer, literalmente, cualquier historia de ficción barata. Porque la estrategia de persecución Estatal que articuló la Romo con la Salazar solo las equiparo con las acciones funestas, miserables y terroríficas de la dictadura argentina para robarse niños de tantos perseguidos y desaparecidos. Nunca olvidemos que Hernández, González y Pabón estuvieron detenidos por tuits, acusados de financiar la huelga, por hacer vaca para comprar medicinas, y de rebelión por pedir que se aplique la Constitución.

Llegó 2020 y a este gobierno le llegó su estocada final. Este momento aciago que vivimos ahora será contado por la historia como aquel momento en el que la kakistocracia reinante hizo todo lo humanamente posible por multiplicar por cien la crisis del COVID 19. Sin duda, este gobierno llegará a mayo de 2021 porque las élites putrefactas que no pueden gestionar esta crisis prefieren que la plebe muera en las calles y sus deudos no puedan ni enterrarlos, a tener que cambiar al peor presidente de la historia y abrir siquiera la posibilidad de que Rafael Correa se presente a las elecciones porque, seamos honestos, no se puede permitir que un tipo así venga, gobierne, haga obras, implemente políticas para los más necesitados, disminuya las inequidades y, además, duplique el tamaño de la economía. ¿Qué es esto? ¿Democracia, República? ¿A quién se le ocurre que los oprimidos puedan tener servicios públicos de calidad, educación, salud y, hasta, esperanza?

La locura que distorsiona la realidad les hace creer que la gente, en serio, va a creerles que la crisis está controlada, que todo es un esfuerzo orquestado para desestabilizar al gobierno. Porque, claro, el gobierno es un ejemplo paradigmático de estabilidad, apoyo popular, resultados económicos y sociales. Ah, ah. El pueblo llano ya no sabe si reír o llorar cada vez que escucha a todos los medios de propaganda pinochetista repetir sin beneficio de inventario, el conjunto de irrealidades que articulan los voceros del gobierno.

Les costará la vida misma darse cuenta de que sus mentiras podrán decirse millones de veces. Sus pruebas fraguadas y sus informes inverosímiles podrán replicarse en todos los medios basura. Pero al final, el guayaquileño que ve cómo sus vecinos mueren a diario, y el resto de ecuatorianos que tenemos familiares y amigos en Guayaquil (porque todos tenemos un familiar o pana guayaco) que nos cuentan cómo están viendo a sus vecinos o familiares morir en la calle no les vamos a creer. En serio, nadie les cree.

No le creen ni los medios que se han forrado en pauta en estos años. Pero como pauta es pauta pues, habrá que replicar nomás todo lo que digan. De hecho, es tanta la pauta que la de por sí insufrible Hinostroza fue capaz de acabar con la escasa credibilidad que tenía en ese 10% que hago referencia y lanzar todo el lodo con ventilador que pudo contra la gente de Guayaquil. Tampoco les creen los inefables “influencers” que cobran grandes sumas de dinero para felicitar a Otto por su trabajo. Para esta gente, dinero fácil que llega por uno o dos tuits bien vale la pena, si al final, hay gente que, en serio cree que los influencers mueven marcas y opiniones, aunque hay ya varios estudios independientes que demuestran que en realidad son una estafa, porque son una estafa a toda regla estos crespos, roflos y mofles, estas karlitas, silvitas, bellisimas, alegrísimas, todos y todas, bobalicones que no articulan ni una idea coherente y cierta. Tampoco les creen los funcionarios públicos que están junto a ellos, los que se encargan de filtrar datos, fotos, hechos que demuestran la absoluta incapacidad del gobierno para gestionar esta crisis.

Estoy a punto de pensar que, de hecho, ni ellos mismo se creen, pero la disonancia cognitiva que los acompaña les puede más y preferirán repetir que el horror de Guayaquil no es la realidad, sino una estrategia del correísmo para desestabilizar al gobierno lleno de héroes sin capa que son muy buenos posando para las fotos y los videos, pero pésimos comunicadores, gestores y responsables de la peor crisis humanitaria, económica, social y sistémica de la historia contemporánea.