Perdónanos, Julián, por no hacer lo suficiente

Rodolfo Bueno|

Ecuador te traicionó, Julián, sin nada que lo justifique. Debimos protegerte y no lo hicimos, firmamos un decreto para que seas ecuatoriano, para luego pregonar que eras un problema heredado y que era ilegal esa medida, por lo que se eliminaban sus efectos y se suspendía tu nacionalidad, una regla inexistente en nuestras leyes.

Luego dijimos que la situación había llegado a un punto en el que, soberanamente, dábamos por terminado tu asilo, pues se volvió insostenible e inviable debido a la conducta irrespetuosa y agresiva de tu organización, WikiLeaks, que transgredía la totalidad de los convenios internacionales, y a tus declaraciones en contra del país, descorteses y amenazantes. ¡Cómo si la Constitución del Ecuador no garantizara a sus ciudadanos el derecho a expresar libremente sus opiniones! La verdadera razón, asustar a los periodistas honrados del planeta, para que callen la verdad, y satisfacer la aspiración al vasallaje total con que los esbirros del mundo creen servir mejor a la cloaca de Washington, clase política llamada así por el Presidente Trump.

Entonces, hicimos lo insólito, lo que no han hecho ni las dictaduras militares más perversas: no respetar el derecho de asilo y hacernos de la vista gorda para que la policía extranjera ingrese a nuestro territorio, te maniate y te arreste, a ti, que ante el mundo eras nuestro huésped de honor. ¡Qué vergüenza! Te entregamos a esa jauría de lobos hambrientos, que son los que te van a enjuiciar, y te expulsamos luego de una secuela de ignominias y de falsedades sin fin, de espionaje absoluto y de restricciones inescrupulosas para tus actividades diarias, que lesionan el honor de todo hombre. Para eso convertimos tu refugio en una celda de castigo riguroso, que te transformó en un ser vetusto y enclenque, a tus 47 años de edad. Tal vez, nuestra mácula se borre cuando te declaremos héroe y te devolvamos la nacionalidad arrebatada ilegalmente.

Lo que realmente sucede es que en la actualidad somos cínicos e irrespetuosos del derecho de asilo. Te digo en la actualidad, porque antes, en plena Inquisición, bastaba con que entraras a algún templo exclamando: “¡A iglesia me llamo!”, para que te volvieras intocable. Según don Ricardo Palma, “como era práctica en los dominios del rey de España, cuando se iba a ajusticiar a un delincuente, todos los templos permanecían abiertos y las campanas tañían rogativas.” Así, cualquier condenado tenía el chance de encontrar refugio y salvar su vida. Como explica don Ricardo Palma, “la extradición, que no era lícita para los tribunales civiles, era una prerrogativa del Tribunal de la Fe y solamente la Inquisición podía reclamar al criminal.”

Pero ahora, basta con que cualquier perico de los palotes, que funge de juez en cualquier condado de EEUU, pida que te extraditen, para que de inmediato Sajid Javid, Ministro del Interior del Reino Unido, país que se jacta de ser el baluarte de la defensa de los derechos humanos, declare: “Hay una solicitud de extradición de Estados Unidos que se presentará ante los tribunales mañana, pero ayer firmé la orden de extradición y la certifiqué, porque quiero que se haga justicia en todo momento.” ¡Qué bajo ha caído la legalidad en ese país! Inferior a la Inquisición. Y es peor todavía, cuando se le solicita al gobierno británico que extradite a criminales aberrantes, que cometieron miles de atrocidades en sus lugares de origen, se niegan hacerlo porque dicen temer que quien solicita la extradición no les dé un juicio justo. ¡Qué patéticos! Incluso cuando mienten cínicamente.

¿Por qué te abandonamos? Porque algunos países latinoamericanos adquirimos la mala costumbre de entregar a nuestros acusados a EE.UU., para que allá sean juzgados y condenados de nuevo, como parte del vasallaje absoluto con que en adelante pretendemos ser dominados. Nosotros, incluso, prometimos transformar las islas Galápagos, de Patrimonio de la Humanidad, en portaaviones de ese país.

Se sobrentiende que te traicionamos luego de solicitar a Inglaterra dar las garantías de que no serías extraditado a un país en el que pudieras sufrir torturas o pena de muerte, lo que, en cumplimiento de sus normas, fue confirmado por escrito por el gobierno inglés; sólo bajo esta condición te fuimos infieles. No recordamos que ese país es desde hace mucho conocido como “la pérfida albión”, expresión que ha sido utilizada en numerosas ocasiones, pese a ser hostil y anglófoba, porque responde a la realidad y se justifica debido a las actitudes racistas y a los genocidios cometidos contra los pueblos del tercer mundo y del primero también.

Y ahora salen con el domingo siete de que en Estados Unidos no te sentenciarán a la pena capital sino, únicamente, a unos 175 años de prisión. ¡Qué magnánimos, por algo se consideran ungidos de Dios! No dicen de reclusión rigurosa, porque allá todos los presidios lo son. Esta cantidad es la suma de cada uno de los delitos que, dizque, cometiste. Acá, que no somos tan justos como en esas latitudes, te condenarían por la falta que conlleva la más larga condena.

Te van a acusar de “conspiración para cometer intrusión de computadora” en complicidad con Chelsea Manning, porque aceptaste conseguir la contraseña de una computadora del gobierno de EE.UU. para obtener documentos clasificados, acusación por la que podrías ser condenado a cinco años de prisión, pero si añaden el cargo de espionaje, te podrían condenar a la pena máxima, si eres declarado culpable.

Manning únicamente te informó que otros documentos importantes estaban almacenados en el ordenador del Departamento de Defensa, pero que él no tenía la clave de acceso, y te preguntó si se la podías conseguir. No conseguiste esa clave y ahora eres acusado de un delito no cometido. Y si la hubieras conseguido, tampoco hubieras cometido delito alguno por no tratarse de información secreta sino de datos sobre actividades ilegales. Pero, según los fiscales de Virginia, tu sola oferta es conspiración, acusación jalada de los cabellos porque todo periodista serio de EE.UU. hace lo que hubieras hecho y está protegido por la Constitución de ese país.

Lo cierto del caso es que esa gente se ha convertido en un basilisco desde que Manning te entregara 250.000 cables diplomáticos, 400.000 documentos de la guerra de Irak, 490.000 de la guerra de Afganistán, cerca de 1.000 sobre los detenidos en la cárcel de la Base Naval de Guantánamo y videos de la grabación conocida como “asesinato colateral en Bagdad”, en los que se ve disparar desde un helicóptero de EE.UU. a periodistas de Reuters y civiles de Iraq.

Tu error fue buscar refugio en el nido de víboras, en que se iba a convertir Ecuador, algo que ni tú ni nadie esperaba. Si te hubieras refugiado en la Embajada de Rusia, por ejemplo, hoy estarías a salvo de todo peligro, como está Snowden, gozarías del prestigio de ser el mejor periodista del mundo y no tendrías que esperar el milagro de que luego de tu posible condena seas indultado por el Presidente Trump, que ojalá no olvide que durante la campaña presidencial elogió el trabajo de WikiLeaks, por ser increíble, y que amaba lo que esta organización hacía. Ahora, todo depende de la buena voluntad del que gane la lucha por el poder entre el actual mandatario de EE.UU. y sus enemigos, tanto demócratas como republicanos.

Es que temen tu optimismo, porque incluso cuando estabas recluido en la Embajada de Ecuador en Londres anunciaste: “Estamos ganando… Formamos parte de un nuevo cuerpo político internacional que se desarrolla gracias a Internet” y predijiste la derrota del Estado totalitario en gestación, porque la juventud descubrirá que “las agencias para las que trabaja no se comportan de un modo legal, ético y moral. De ahí que la disidencia se va a extender y a hacer público el nivel de engaño y corrupción del poder estatal. Estas conexiones deben conducirnos hacia un futuro libre, imaginado en nuestro corazón colectivo.”

Gracias a ti, el mundo conoce de los crímenes en la mal llamada “guerra contra el terrorismo” que comete el imperialismo norteamericano, de la detención ilegal y brutal de inocentes en Guantánamo, de las torturas y abusos de las fuerzas armadas de los Estados Unidos en Irak y Afganistán. Todo esto denunciaste, por eso tu vida está en peligro. Tu delito, realizar bien el trabajo que hace mal, calla o tergiversa la llamada prensa libre, es decir, denunciar el pisoteo de la ley, el orden y el derecho internacional por parte del gobierno de EE.UU. y sus vasallos de todo el planeta.

Se debe apoyar al ex canciller Patiño, que en rueda de prensa contigo, se lamentaba de la falta de apoyo de Der Spiegel, Le Monde, El País, The New York Times y The Guardian, que “usaron la información exclusiva” facilitada por tu portal y “tomaron crédito”, para luego distanciarse de ti. Indicó que “como Estado ecuatoriano hemos hecho lo que debíamos hacer”, y demandó a “la sociedad civil y a los periodistas en todo el mundo” denunciar la violación de los derechos humanos en tu contra, el no respetar los tratados internacionales de asilo político y refugiados, lo que ahora se ha vuelto peor. Pero tu causa es justa, y triunfará.