21 abril,2019

¿Por qué tarda en caer Moreno?

¿Qué o quiénes sostienen, todavía, al gobierno mediocre de Lenín Moreno?

Una posible respuesta nos remite, seguramente, hasta las estructuras de poder y la endeble institucionalidad que ha vuelto a acomodarse del lado de las oligarquías y de los medios de comunicación. Admitido esto y con las reservas del caso, para intentar una variante del análisis, también habría que decir que, ahora mismo, existe una aparente ‘desmovilización’ y una dispersión sociales que mostrarían las formas roídas de representación política de una democracia incipiente.

Porque el enunciado estaría en la frase: que sostiene todavía… como un croquis de extraña temporalidad, que debería definirse cuando sean las mismas estructuras de poder (con el visto bueno de los Estados Unidos, por supuesto) las que finalmente terminen el diseño del libreto y el plazo perentorio de la salida de Moreno. Es una hipótesis obstinada, tozuda y terca que repite el esquema centenariamente aplicado en el Ecuador. ¿Quiénes estarían detrás del nuevo acomodo, como cabezas pensantes? Una vez más, Jaime Nebot Saadi -el futuro presidente-y el partido socialcristiano/madera de guerrero. Un poco más allá la agrupación del banquero Laso y en los alrededores otros movimientos de menor cuantía conformados por los vestigios de una izquierda gastada y los oportunistas de siempre.

¿Es decir, que Moreno se sostiene en la presidencia del país, mientras terminan de ajustarse los últimos giros del proyecto neoliberal, que tiene el aval del Fondo Monetario Internacional y del Departamento de Estado de los Estados Unidos? Para que las piezas del contubernio encajen -si cabe la especulación- alguien debe estar haciendo el trabajo sucio (la desacreditación, las persecuciones a los líderes de la oposición, la judicialización de las protestas sociales, etc.) mientras otro equipo de rastacueros ‘ocultará los cadáveres entre bambalinas, fuera de la escena, para que (los poderosos) sigan oprimiendo como una pesadilla el cerebro de los vivos’. (Eduardo Grüner)

¿El Ecuador ha vuelto a lo espectral de la política? En esa zona oscura el poder está intentando, otra vez, alcanzar la sutura de la memoria, respecto de aquellos hechos recientes, que pudieran revertir el actual estado de cosas. En el trasfondo o en el entramado de esta historia está el disciplinamiento, que ha sido capaz, hasta ahora, de torcer la subjetividad de la sociedad ecuatoriana, haciendo que todos nos sintamos culpables y responsables del caos, el desenfreno y la corrupción del gobierno anterior.

Es el orden perdido que necesita ser reparado. Por eso nos atrevemos a decir que la última consulta popular, puede entenderse como la forma de una práctica disciplinaria que tenía como intención subjetiva última, que la población ‘confesara su falta’ y enseguida la asumiera como una forma de arrepentimiento. (Foucault).

La forma narrativa correspondiente estaba clara: alentar el odio furioso contra Correa, su gobierno y el grupo de asesores y colaboradores que se negaron a cambiarse de bando. De esta manera, la prensa comercial alentó la ‘pesadilla’ de un regreso a la anarquía y a la descomposición correístas. El Consejo de Partición Ciudadana transitorio, que nació de esa ilegal consulta popular, tuvo un solo encargo: construir el nuevo discurso de la verdad. Julio César Trujillo, el ‘laxista canónigo’ y presidente del Consejo transitorio, desde una moral pueril y afantasmada, instaura el juego perverso del arrepentimiento total. Trujillo, como un dios vengativo, es el memorialista al servicio del poder y la restauración del orden.

El asunto es la admisibilidad de que todos somos un poco culpables de lo que ocurrió en el país. Y en función de una reparación tan urgente como necesaria, el sacrificio nos obliga a consentir, sin cuestionamientos, las medidas que el mediocre gobierno de Moreno ha propuesto: la firma de una carta de intención con el FMI, la reducción del estado, la flexibilización laboral, las privatizaciones de las empresas públicas, incluso de la salud y la seguridad social, la entrega de Julian Assange al gobierno británico y un largo etcétera que le devuelve al Ecuador a los años noventa.

Sobre la base de la admisión de la culpa, el disciplinamiento y el miedo, comienza a fraguarse el camino para la presidencia de Nebot. La presidencia del miedo o del terror político y fiscal (como fue la de su mentor León Febres Cordero) administrará a su favor la crisis del desempleo, la precarización de la economía e incluso la posibilidad de una desdolarización con efectos parecidos o peores al feriado bancario. ¿Esa lógica del miedo es la que nos impide deshacernos del gobierno de Moreno?

La marcha multitudinaria del 16 de abril en Quito contra las medidas de Moreno y del FMI, tuvo la gran virtud de comenzar a romper o de poner en suspenso, la ‘estrategia pastoral’ del poder a través de la cual quiere volver a establecer la dominación absoluta. Las formas políticas de protesta necesitan formas de organización nuevas que contradigan las lógicas del poder hegemónico, que requiere tanto de la libertad individual sostenible, como de una voluntad colectiva y compartida para impedir que la verdad histórica vuelva a coincidir con la verdad del capital.

¿El país, bajo estas consideraciones, estaría dispuesto a favorecer con su voto a Jaime Nebot? ¿Ese momento pasa primero por la expulsión de Moreno de la presidencia? Eso significaría entrar en una falsa negociación: la intención histórica de una mayoría que quiere cambiar las estructuras totales, por la ‘estabilidad’ individualista que le ofrece el poder económico y político neoliberal, pero que será efímera o de poca duración.