¿Una democracia para mafiosos?

Santiago Rivadeneira Aguirre|

En los momentos más conflictivos de una nación, cuando la vida y el pensamiento político no parecen coincidir, las formas de participación social también sufren serios desplazamientos que contradicen o interrumpen el proyecto democrático con claros signos de autoritarismo y de violencia institucionalizada. Comienza a operar la ‘lógica de la guerra’ cuando se quiere establecer un orden autoritario y excluyente que impone la ‘aniquilación del adversario’ y la abolición del estado de derecho.
El Ecuador, en apenas tres años de gobierno del presidente Lenin Moreno, ha superado sus propias circunstancias democráticas, echando un balde de agua pestilente sobre la institucionalidad: porque lo que ahora nos caracteriza como país es el signo de lo excesivo que se traduce en la imposición de un modelo económico neoliberal para cumplir con las directrices del FMI, satisfacer la codicia de los capitalistas y oligarcas nacionales, aumentar la deuda externa y desmejorar la vida de los ciudadanos mediante leyes que han provocado desocupación, aumento de la pobreza e inseguridad jurídica. Pero tal vez lo que más confunde y avergüenza es la figura del presidente convertida en un guiñapo humano, a la que ya nadie respeta.

La frase, dicha recientemente, calza para ilustrar el momento actual: Moreno y sus aliados socialcristianos y de CREO, lo que han hecho es volver a ‘ensuciar la democracia’. Moreno, porque dejó que le conviertan en un fantoche sin capacidad para tomar decisiones y los otros, porque usaron el chantaje político para sus beneficios particulares. Y más allá están los Bucaram y sus mafias que disfrutan de esta pestilencia democrática porque siempre fue el ámbito natural para sus negociados. Convertido el país en un chiquero y el ejercicio del poder en un albañal, el pretexto inicial de ‘descorreizar el país’ solo es parte del hedor que ha enrarecido la democracia ecuatoriana.

Denuncias de corrupción que afectan distintas instancias de poder, desde la presidencia de la república (ahí está el caso INA, sin respuestas de la fiscalía), ministerios y subsecretarías, las acusaciones contra miembros de la Asamblea Nacional, incluso la anterior dirección del IESS, pasando por los gobiernos seccionales e imputaciones que incluso comprometen al sector privado. Operativos simultáneos de la fiscalía para allanar domicilios, oficinas, dependencias oficiales; inspecciones que se convierten en el escenario magnificado por los medios de comunicación mercantiles, tanto impresos, como audiovisuales y digitales.

Porque mediante esos desplantes diarios de ‘mostración’ mediática, nos hacen suponer que aquellos actos ilegales no solo estarían ligados a una especie de gamberrismo o falta de civilidad sino que representan a una sociedad definitivamente descompuesta, que todavía no ha podido superar las prácticas de corrupción ‘heredadas del gobierno anterior’. En el marco de esta descomposición generalizada, el fracaso de la Ley puede derivar en formas de autodestrucción. Y sin cohesión social evidente, cualquiera podrá ofrecer salidas desesperadas para restaurar (por enésima vez) la democracia y la institucionalidad.

Ahora, lo indiscutible es que el gobierno de Moreno, por conveniencia política, también llegó a acuerdos puntuales con el expresidente Abdalá Bucaram Ortiz, quien aparece como cabeza visible de una organización de mafiosos, pandilleros y suplantadores que se enquistaron en estructuras vitales del estado como salud y comunicaciones. ¿Quién les abrió las puertas? Estas y otras formas de corrupción, no son nuevas porque han sido parte de la lógica capitalista, de la prensa mercantil y del sector privado, ni tampoco el presidente Moreno es el primero en usarlas para su beneficio y el de sus allegados.

Es conveniente recordar que el abogado Bucaram gana la presidencia del Ecuador, luego de haber sido Intendente de Policía de Guayaquil (1979) en el gobierno de Jaime Roldós Aguilera, su cuñado; en 1984 y habiendo creado el Partido Roldosista Ecuatoriano (PRE) gana las elecciones seccionales. El 15 de abril se posesiona como alcalde de Guayaquil y enseguida anuncia su apoyo a Rodrigo Borja Cevallos, militante de la Izquierda Democrática, para las elecciones presidenciales de ese mismo año que llevan finalmente al socialcristiano León Febres Cordero al poder.

En este breve recuento de hechos, en noviembre de 1985 el contralor de ese entonces, Marcelo Merlo, establece una denuncia por un ‘supuesto atraco al Municipio de Guayaquil’ en la compra de cascajo: el perjuicio llegaba a 2’325.581,39 dólares. El Dr. Hugo Quintana Coello, presidente de la Corte Superior de Justicia de Guayaquil, dictó la orden de prisión contra Bucaram que salió a su primer autoexilio en Panamá. En 1990 es sobreseído en las Cortes y regresa al país para participar en las elecciones presidenciales de 1992, donde logra llegar en tercer lugar.

En 1996, con el acompañamiento de la doctora Rosalía Arteaga, exministra del expresidente Sixto Durán Ballén, Bucaram vuelve a presentarse a las elecciones presidenciales y derrota en la segunda vuelta a Jaime Nebot Saadi, figura descollante del socialcristianismo quien también se autoexilia en Guayaquil para esperar su recuperación política con la alcaldía. Abdalá Bucaram fue presidente apenas 5 meses y 25 días. Es destituido el 6 de febrero de 1997, después que manifestaciones multitudinarias exigían su renuncia. El Congreso Nacional hizo una interpretación antojadiza de las leyes y declaró que Bucaram estaba ‘incapacitado mentalmente para gobernar’.

Aquí aparecen varios hechos que nunca han sido desmentidos o aclarados por las partes: 1. El pacto oculto de Bucaram con la joven doctora Rosalía Arteaga (tenía 39 años) para que aceptara ser parte de la papeleta como candidata a la vicepresidencia de la república. 2. Ciertos acuerdos con facciones de izquierda que iban a ayudar al PRE a construir un discurso de avanzada y a limpiarle de ese populismo extravagante que había sido su característica. Algunos de sus militantes, exintegrantes de Liberación Nacional, movimiento de ‘izquierda’ que se desprendió del FADI, como el actual autoproclamado contralor Pablo Celi con cuentas pendientes, pasaron a ser parte del gobierno. 3. Ciertos acuerdos con la banca y determinados empresarios, (exiliados algunos en Estados Unidos) que auspiciaron generosamente las candidaturas de Bucaram en el 92 y en el 96. 4. La ‘inesperada participación’ de la prensa que ‘decidió’ sumarse -¿sin beneficio de inventario?- a los apoyos para Bucaram en la segunda vuelta, con la justificación de que otro gobierno socialcristiano sería contraproducente para el país.

Fue en el mes de junio de 1996, alguna de esa mañanas o tardes tradicionales quiteñas. La señora Guadalupe Mantilla de Acquaviva, presidenta ejecutiva y directora de El Comercio de Quito, decidió convocar a editorialistas y colaboradores a una reunión urgente con la única finalidad de comunicarles que el diario y su directorio, ‘de un solo toque’, (slogan de campaña del bucaramato) habían decido ‘dar el apoyo’ a Abdalá Bucaram. El auditorio, estupefacto, tardó en procesar la inesperada postura del diario aunque terminó aceptando de dientes para afuera, sin cuestionamientos. El subtexto estuvo claro: morigeren sus escritos y pongan en suspenso cualquier cuestionamiento al candidato, hasta después de las elecciones. Y bastaría revisar los editoriales de esa época, solo para comprobar quiénes cumplieron las ‘disposiciones generales’ de la señora directora Mantilla.

El ejemplo de lo sucedido con el Comercio en 1996, permite establecer una línea de comportamiento de la prensa ecuatoriana, como práctica bastante sui generis: siempre hay un ‘sujeto modal’ que construye las formas de manipulación y determina las estrategias de diarios, radios y canales de televisión nacionales. Esto se establece dentro de los diferentes discursos periodísticos, por lo general elaborados para ‘visibilizar/invisibilizar los hechos contingentes y orientarles al lado de sus intereses y de las élites de poder.

Porque, la pregunta pertinente, es si acaso hoy en el actual periodo presidencial, volvió a darse un nuevo ‘pacto secreto’ con el presidente Moreno, que explicaría el blindaje mediático, casi unánime, que le permite hasta ahora seguir en el cargo, casi sin contratiempos. Vimos a los medios favoreciendo el proceso de la consulta popular; en el desmantelamiento de la institucionalidad que realizó Trujillo al frente del Consejo de Participación Ciudadana, transitorio; otra vez en octubre ocultando información y reclamando un ‘discurso de orden’; ahora en la pandemia y finalmente soslayando las denuncias por actos de corrupción plenamente señalados, que involucran a altos personajes del gobierno. Es lo que se conoce como la famosa ‘pauta de medios’.

Los medios de comunicación no se han cansado de actuar como ‘figuras de la ley’: orquestan el discurso del poder, otorgan espacios a los representantes del gobierno, casi exclusivamente y consagran el ‘habla política como sanción del conflicto’. Y, por último, se pregunta Gerard Imbert: “¿La prensa como ultima ratio del debate público, último baluarte de la racionalidad política?” (G. Imbert Los escenarios de la política 1992)
Los medios están empeñados en crear un extraño vacío, volviendo otra vez al manido recuso del ‘objeto construido’: los culpables están en las filas del correismo y se necesita una nueva y urgente depuración del estado. El ideologema del vacío se articula con la pandemia, el periodo pre electoral que vive el país, la necesidad de ‘sostener la democracia’, la dolarización y la institucionalidad que pueden estar en riesgo. Por eso la gran sintonía de la prensa con ciertos políticos -como Ayala Mora, editorialista de El Comercio- que vuelven a invocar ‘la salvación nacional’, y no vacilan en hacer sendos llamados para que las Fuerzas Armadas se resolvieran a ser los garantes de la constitución y las leyes para ‘evitar el (próximo) estallido social’. ¿Golpismo solapado?

Cansado de actuar como ‘figuras de la ley’: orquestan el discurso del poder, otorgan espacios a los representantes del gobierno, casi exclusivamente y consagran el ‘habla política como sanción del conflicto’. Y, por último, se pregunta Gerard Imbert: “¿La prensa como ultima ratio del debate público, último baluarte de la racionalidad política?” (G. Imbert Los escenarios de la política 1992) Los medios están empeñados en crear un extraño vacío, volviendo otra vez al manido recuso del ‘objeto construido’: los culpables están en las filas del correismo y se necesita una nueva y urgente depuración del estado. El ideologema del vacío se articula con la pandemia, el periodo pre electoral que vive el país, la necesidad de ‘sostener la democracia’, la dolarización y la institucionalidad que pueden estar en riesgo. Por eso la gran sintonía de la prensa con ciertos políticos -como Ayala Mora, editorialista de El Comercio- que vuelven a invocar ‘la salvación nacional’, y no vacilan en hacer sendos llamados para que las Fuerzas Armadas se resolvieran a ser los garantes de la constitución y las leyes para ‘evitar el (próximo) estallido social’. ¿Golpismo solapado?

a Rosalía Arteaga, exministra del expresidente Sixto Durán Ballén, Bucaram vuelve a presentarse a las elecciones presidenciales y derrota en la segunda vuelta a Jaime Nebot Saadi, figura descollante del socialcristianismo quien también se autoexilia en Guayaquil para esperar su recuperación política con la alcaldía. Abdalá Bucaram fue presidente apenas 5 meses y 25 días. Es destituido el 6 de febrero de 1997, después que manifestaciones multitudinarias exigían su renuncia. El Congreso Nacional hizo una interpretación antojadiza de las leyes y declaró que Bucaram estaba ‘incapacitado mentalmente para gobernar’.

Aquí aparecen varios hechos que nunca han sido desmentidos o aclarados por las partes: 1. El pacto oculto de Bucaram con la joven doctora Rosalía Arteaga (tenía 39 años) para que aceptara ser parte de la papeleta como candidata a la vicepresidencia de la república. 2. Ciertos acuerdos con facciones de izquierda que iban a ayudar al PRE a construir un discurso de avanzada y a limpiarle de ese populismo extravagante que había sido su característica. Algunos de sus militantes, exintegrantes de Liberación Nacional, movimiento de ‘izquierda’ que se desprendió del FADI, como el actual autoproclamado contralor Pablo Celi con cuentas pendientes, pasaron a ser parte del gobierno. 3. Ciertos acuerdos con la banca y determinados empresarios, (exiliados algunos en Estados Unidos) que auspiciaron generosamente las candidaturas de Bucaram en el 92 y en el 96. 4. La ‘inesperada participación’ de la prensa que ‘decidió’ sumarse -¿sin beneficio de inventario?- a los apoyos para Bucaram en la segunda vuelta, con la justificación de que otro gobierno socialcristiano sería contraproducente para el país.

Fue en el mes de junio de 1996, alguna de esa mañanas o tardes tradicionales quiteñas. La señora Guadalupe Mantilla de Acquaviva, presidenta ejecutiva y directora de El Comercio de Quito, decidió convocar a editorialistas y colaboradores a una reunión urgente con la única finalidad de comunicarles que el diario y su directorio, ‘de un solo toque’, (slogan de campaña del bucaramato) habían decido ‘dar el apoyo’ a Abdalá Bucaram. El auditorio, estupefacto, tardó en procesar la inesperada postura del diario aunque terminó aceptando de dientes para afuera, sin cuestionamientos. El subtexto estuvo claro: morigeren sus escritos y pongan en suspenso cualquier cuestionamiento al candidato, hasta después de las elecciones. Y bastaría revisar los editoriales de esa época, solo para comprobar quiénes cumplieron las ‘disposiciones generales’ de la señora directora Mantilla.

El ejemplo de lo sucedido con el Comercio en 1996, permite establecer una línea de comportamiento de la prensa ecuatoriana, como práctica bastante sui generis: siempre hay un ‘sujeto modal’ que construye las formas de manipulación y determina las estrategias de diarios, radios y canales de televisión nacionales. Esto se establece dentro de los diferentes discursos periodísticos, por lo general elaborados para ‘visibilizar/invisibilizar los hechos contingentes y orientarles al lado de sus intereses y de las élites de poder.

Porque, la pregunta pertinente, es si acaso hoy en el actual periodo presidencial, volvió a darse un nuevo ‘pacto secreto’ con el presidente Moreno, que explicaría el blindaje mediático, casi unánime, que le permite hasta ahora seguir en el cargo, casi sin contratiempos. Vimos a los medios favoreciendo el proceso de la consulta popular; en el desmantelamiento de la institucionalidad que realizó Trujillo al frente del Consejo de Participación Ciudadana, transitorio; otra vez en octubre ocultando información y reclamando un ‘discurso de orden’; ahora en la pandemia y finalmente soslayando las denuncias por actos de corrupción plenamente señalados, que involucran a altos personajes del gobierno. Es lo que se conoce como la famosa ‘pauta de medios’.

Los medios de comunicación no se han cansado de actuar como ‘figuras de la ley’: orquestan el discurso del poder, otorgan espacios a los representantes del gobierno, casi exclusivamente y consagran el ‘habla política como sanción del conflicto’. Y, por último, se pregunta Gerard Imbert: “¿La prensa como ultima ratio del debate público, último baluarte de la racionalidad política?” (G. Imbert Los escenarios de la política 1992)
Los medios están empeñados en crear un extraño vacío, volviendo otra vez al manido recuso del ‘objeto construido’: los culpables están en las filas del correismo y se necesita una nueva y urgente depuración del estado. El ideologema del vacío se articula con la pandemia, el periodo pre electoral que vive el país, la necesidad de ‘sostener la democracia’, la dolarización y la institucionalidad que pueden estar en riesgo. Por eso la gran sintonía de la prensa con ciertos políticos -como Ayala Mora, editorialista de El Comercio- que vuelven a invocar ‘la salvación nacional’, y no vacilan en hacer sendos llamados para que las Fuerzas Armadas se resolvieran a ser los garantes de la constitución y las leyes para ‘evitar el (próximo) estallido social’. ¿Golpismo solapado?

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