¡Y falta lo peor!

Orlando Pérez|

Es difícil cuidar el lenguaje y escoger los adjetivos para calificar a Lenín Moreno Garcés y a buena parte de sus colaboradores. Ya no solo mienten y ocultan información, ahora -descaradamente- defienden los cupos y cargos de sus parientes en embajadas, las cuotas a los partidos políticos para cogobernar, y los casos de corrupción. Por si eso fuese poco: amenazan a las radios con no renovar sus frecuencias si entrevistan a los líderes y dirigentes de la Revolución Ciudadana, y pinchan teléfonos o hacen seguimientos a los periodistas críticos. Además, tienen a algunos de los supuestos periodistas y medios independientes a su servicio atacando a sus colegas, edulcorando las palabras o sencillamente reproduciendo el mensaje oficial sin vergüenza alguna.

Ya se escuchan toda clase de epítetos para calificar al Presidente de la República, y salen de la boca de quienes nunca antes me hubiera imaginado. Desde ‘sesudos’ analistas y periodistas, abogados o jurisconsultos, economistas y académicos. Claro, se cuidan de hacerlo frente a un público oficialista, por las consecuencias que puede acarrear. Pero en esa infinidad de foros virtuales, vía zoom, se escucha de todo. Lo que más suena es: “gobierno inmoral”, “presidente mentiroso”, “ministra corrupta”, por citar lo más suave y puede reproducir aquí.

Esos calificativos no alcanzan ni reflejan lo de fondo. Parecería un plan bien concebido en un laboratorio perfectamente implementado, con estadísticos y toda clase de expertos. Pero no es así. O quizá sí. Cada paso, medida, ley, decreto, juicio, cadena o boletín apunta a una sola cosa: privatizar el Estado y regalar todo a los millonarios que quieren el negocio del siglo. Buscan llevarse el IESS, las refinerías, las hidroeléctricas, el Banco del Pacífico, CNT, como las piedras preciosas de la corona. Hasta tanto, nos entretienen con supuestos y enredos para “reducir el gasto fiscal”. Cuando ya obtengan lo que ambicionan, entonces, ya no les servirán Lenín, Otto y menos “los teletubbies”.

Llegar a todo esto no les ha sido difícil: “ablandaron” al opositor o al tibio. Regalaron embajadas a los parientes de los dueños de los medios o a los periodistas (que ahora sufren cada día por perder el Consulado en España, Canadá o Estados Unidos); otorgaron los contratos a los posibles opositores políticos a través de empresas de parientes cercanos o de asesores de asambleístas; los periódicos ya no pagan IVA por la importación de papel y, además, reciben “primicias” para atacar a la oposición; y, ahora, regalarán las frecuencias a quienes se porten bien.

Si alguien creyó que lo más duro ha sido la eliminación de los subsidios a los combustibles o las decenas de miles de desempleados, se equivoca. Un país -con toda la rentabilidad creada con la obra pública durante la década de la Revolución Ciudadana- en baratillo para los grandes empresarios y las enormes fortunas será la mayor desgracia, porque nos costará al menos una década volver a tener el promedio de ingresos y consumo que hubo para las clases medias y populares. ¡Imagínense privatizado el seguro social! El que fuera el sueño dorado de Oswaldo Hurtado en la Constituyente de Sangolquí. ¡Imagínense la rentabilidad de bancos y empresas públicas en firmas extranjeras o nacionales con titularidad en el exterior! El sueño dorado de Guillermo Lasso y  Jaime Nebot (quien hizo eso en Guayaquil, con las entidades municipales, y no se sentía satisfecho).

Todo eso todavía falta. Y para ello necesitan un barullo de entretenimientos que pasan por amenazar con meter presos a los correístas o enjuiciar a los dirigentes de la Conaie. O jugar a que la pandemia acabó con la economía y no queda otro camino que el ajuste neoliberal determinado por el FMI.