21 abril,2019

Alan García o la necedad de vivir o morir con dignidad

Cuando montaron una emboscada contra mí, hace un poco más de dos años, tuve la intención de quitarme la vida. No soportaba mirar los noticieros, las redes sociales y mensajes condenándome, injuriándome y señalando un delito que no había cometido. Fueron varias noches sin dormir, con un cruce súper intenso de emociones y sensaciones, como si fuesen un látigo en la piel. Por mi mente cruzaron varias opciones y en otro libro en proceso contaré en detalle cómo viví ese momento.

Todo eso vino a mi memoria con el suicidio del expresidente Alan García. Supuse de inmediato cómo se sentía, de qué modo se exhibía en la calle y saciaba el hambre de venganza y de odio de los medios y de unos actores políticos sedientos del escándalo para autoproclamarse como éticos y morales. Y estoy seguro que al leer esto también repetirán lo que dicen de García ahora sus detractores y perseguidores. Si me hubiera suicidado posiblemente resolvía un asunto central: condenarlos con mi muerte y retratarlos en su real condición moral.

Perdonen la comparación, pero no lo puede dejar de mencionar: un suicidio pone en su lugar todas las cosas cuando ya no quedan más opciones, cuando todo está en contra y sobre todo cuando la dignidad (ese valor que parece líquido en estos tiempos) es lo único para un ser humano convencido de su inocencia y de sus principios. Hubo una persona que me salvó de esa decisión. Ocurrió casi como un milagro y al minuto después lloré sin parar, me devolví a la situación humana más básica. Y ahora miro a todos los que me injuriaron y quisieron humillarme en su esencial modo de ser, en la naturaleza depredadora de los humanos sedientos de sangre, quizá para limpiarse traumas y ciertas taras.

A mí me quedaba una opción: probar mi inocencia con el devenir. Hasta ahora ha sido difícil, pero ya hay más de un elemento que prueba cómo y quiénes estuvieron detrás de la emboscada para aniquilarme, para sacarme del diario en el que trabajaba, para anularme históricamente. De hecho, algunos me sugirieron huir del país. Con eso cumplían, inconscientemente, lo que los otros querían, los que armaron toda la trama e indujeron a una sentencia por la presión mediática. Querían la foto de mis manos esposadas, metido en una cárcel y humillado por los grandes titulares y las fotos manipuladas. No les di gusto y sigo aquí, ya no defendiéndome. Al contrario.

Alan García lo dijo en una entrevista al canal RPP, unas semanas antes de su muerte: “Es una injusticia que repita su canal todo el tiempo que soy el mayor corrupto del Perú. Si todos los días lo repiten, la gente se lo cree… Al final de la historia tendrá que aparecer la verdad y se conocerá dónde están mis supuestas propiedades, las cuentas corrientes. ¡¡No hay!! A mí me interesa la historia y no la opinión inmediatista y pequeña de los que ahora vivimos”.

Y si lo que hasta ahora se exhibe con su carta de despedida, antes del suicidio, es verdadero, en su parte central señala:

“Por eso y por los contratiempos del poder, nuestros adversarios optaron por la estrategia de criminalizarme durante más de treinta años. Pero jamás encontraron nada y los derroté nuevamente, porque nunca encontrarán más que sus especulaciones y frustraciones.

En estos tiempos de rumores y odios repetidos que las mayorías creen verdad, he visto cómo se utilizan los procedimientos para humillar, vejar y no para encontrar verdades…

He visto a otros desfilar esposados guardando su miserable existencia, pero Alan García no tiene por qué sufrir esas injusticias y circos.

Por eso, les dejo a mis hijos la dignidad de mis decisiones; a mis compañeros, una señal de orgullo. Y mi cadáver como una muestra de mi desprecio hacia mis adversarios porque ya cumplí la misión que me impuse.

Que Dios, al que voy con dignidad, proteja a los de buen corazón y a los más humildes”.

Bien lo ha dicho Víctor Andrés Ponce, el director del portal El Montonero en su columna “El último acto de Alan García” (https://elmontonero.pe/columna-del-director/el-ultimo-acto-politico-de-alan-garcia): “Prefirió el suicidio a la humillación de ser fotografiado con esposas y chaleco de recluso para alimentar las portadas y los reportajes de sus enemigos, y sin que mediara un juicio. García iba a ser detenido sin acusación fiscal y las vanidades de sus adversarios políticos —entre ellos el fiscal Domingo Pérez, el indescifrable personaje Gustavo Gorriti e IDL- Reporteros—iban a inflarse hasta reventar. Pero García tomó una decisión personal: el suicidio”.

Ojo a quien señala: Gustavo Gorriti e IDL-Reporteros (https://idl-reporteros.pe/) lo que en el Ecuador serían Villavicencio o Ricaurte, con sus supuestas entidades de investigación y protección a los periodistas. Han sido iguales en su acción contra dirigentes políticos, que sin ser perfectos, inmaculados, posiblemente cometieron errores, pero jamás tuvieron un proceso justo y libre de linchamiento mediático, como ha ocurrido ya con Lula, Cristina Fernández, Jorge Glas y Rafael Correa. Que no serán los últimos tampoco.

De ahí que cabe reproducir lo que dice Ponce en su columna, porque parece igual para todos los casos, tal como hicieron conmigo también:

“La decisión del ex jefe de Estado puso contra la pared a sus adversarios. Hoy existe un antes y un después para la estrategia de Domingo Pérez e IDL-Reporteros de promover detenciones sin acusación fiscal ni juicios. Hoy, de una u otra manera, ha terminado el reino del terror fiscal, que avanzaba con la indiferencia y el silencio de la Junta de Fiscales Supremos. Hoy igualmente ha terminado la temporada circense en la que las detenciones alimentaban la popularidad de una supuesta ola anticorrupción, sin que los fiscales acusaran a nadie”.

La temporada circense quizá y ojalá termine en Perú. El golpe ha sido certero y ha tocado las membranas de una sociedad, como otras, condicionada a la opinión impuesta por los medios. Pero en el resto de América si no hay suicidios o acciones simbólicas contundentes los medios y ciertos actores (con sus respectivas ONG) seguirán acribillando la imagen de quienes no se someten a sus moralidades y supuestas virtudes éticas.