La Divina Sarah

Rodolfo Bueno|

Solamente los tontos menosprecian el arte y a los artistas. Un actor debe comprender al dedillo todas las partes de la obra en que se involucra y las peculiaridades de la época en que se desarrolla, captar y asimilar las características del personaje que va a representar, también, sentir su interioridad y vivir sus emociones. Una vez que se ha compenetrado de estos pormenores, lo que se llama vivencia escénica, puede salir al tablado e interpretar el rol que le corresponde, si no su actuación es mediocre.

Sarah Bernhardt, más conocida como “La Divina Sarah”, es por esta razón la actriz de teatro y cine francés de mayor renombre hasta la fecha. Nace en París el 23 de octubre de 1844 y su nombre real es Henriette Rosine Bernard. Su madre es una cortesana de lujo y Sarah y sus dos hermanas tuvieron tres padres desconocidos, aunque se cree que la Bernhardt es hija de un asiduo amante de su madre, el hermano de Napoleón III, el Duque Charles de Morny.

A los siete años es matriculada en el Instituto Fressard, donde aprende a leer, escribir, bordar y todas las buenas costumbres de una dama de sociedad. Cuando cumple quince años, Alejandro Dumas, amante de su madre, la lleva a una función de la Comédie Francaise. La Bernhardt escribe: “Cuando se alzó el telón pensé que iba a desmayarme. Ante mí, se levantaba el cortinaje de mi vida.”

A esa edad, su madre intenta introducirla en el mundo de las prostitutas de lujo, a lo que Sarah se niega debido a la educación mística del colegio que acababa de terminar, en el que incluso escudriñó la posibilidad de hacerse monja. Gracias al duque de Morny se inscribe en el Conservatoire de Musique et Declamation de París, en el que gana un premio en la tragedia y una mención honorífica en la comedia.

Cuando finaliza sus estudios en el Conservatorio, y gracias a los contactos de Morny, entra en la Comédie Française y debuta con la obra Ifigenia de Racine. Su carácter fuerte le trae problemas con sus compañeros y provoca que abandone la Comédie. Más tarde es contratada por el Teatro Gymnase, donde actúa en pequeños papeles.

En 1864 se conoce con Charles Joseph Lamoral, príncipe de Ligne, con el que sostiene una apasionada y ardiente relación. Charles la preña de su único hijo, Maurice Bernhardt, quien durante su existencia vive de los ingresos de su madre, despilfarrando dinerales en el juego y llevando una vida parasitaria. Charles la abandona por presión de su aristocrática familia y la madre de Sarah la arroja a la calle al enterarse del embarazo. Sarah se convierte en una cortesana de lujo, nivel social que no abandona hasta tener aceptación en el mundo teatral.

En 1867 inicia su carrera profesional cuando debuta en el Odeón en la obra Las mujeres sabias, de Molière, y en 1869 adquiere fama después de actuar en El asistente, de François Coppée, obra en la que representa al trovador Zanetto. Después hará papeles varoniles en más de setenta ocasiones. “No es que prefiera los roles masculinos, solo que prefiero mentes masculinas”, comentaría luego de interpretar Las penas del joven Werther, de Goethe, en 1903.

Tras la derrota francesa y la caída de Napoleón III, en la Guerra Franco-Prusiana de 1870, muchos intelectuales exiliados vuelven a Francia, entre ellos Victor Hugo, cuyo retorno es crucial para Sarah, pues el escritor la elige como protagonista de su obra Ruy Blas, que la encumbra al éxito. La Bernhardt se convierte en la gran estrella del teatro francés cuando diversifica su repertorio y se destaca en Ifigenia, Fedra y Andromaque, de Racine, también en La Dame de la Camélias, de Alejandro Dumas hijo, Macbeth, de Shakespeare, Juana de Arco de Jules Barbier y otras más.

La celebridad de Sarah viene porque rompe los cánones establecidos al alejarse de las viejas formas de actuación, en la que los actores hacen gestos sobrecargados y declaman histriónicamente. La Bernhardt profundiza en la psicología del personaje a encarnar, estudia la entonación del texto a pronunciar buscando la perfección sin que se note ningún tipo de artificio o afectación en sus representaciones. En las escenas en que fallece, en vez ofrecer una retahíla de patologías como toses, gemidos y estertores, muere de manera natural desde el punto de vista psicológico.

En 1879 parte de gira a Inglaterra, donde durante seis semanas hace dos representaciones diarias y obtiene un éxito rotundo. Allí conoce a Oscar Wilde, joven todavía, que escribe Salomé para ella y le ruega, con un ramo de flores en una mano y el libreto en la otra, que interprete su pieza, lo que es impedido por la censura británica que considera obscena a la obra. En 1893, Sarah representa Salomé en Francia. Ese mismo año es ascendida a “Socio Pleno” de la Comédie Française, el más alto rango de esa institución.

En 1880 hace una gira a Estados Unidos y recorre el país en el Sarah Bernhardt Special, un tren con siete vagones de lujo habilitado para su uso exclusivo. Su éxito es rotundo. Sus giras la llevan a Moscú, Berlín, Bucarest, Roma, Atenas, Egipto y Turquía; viaja también a Brasil, Perú, Argentina, Chile, en 1886 actúa en Guayaquil en La Dama de la Camelias y en Frou Frou. El Comercio de Lima de entonces la describe como “simpática, esbelta, nariz perfilada, labios rosados, dientes blancos, ojos de color azul cobalto y pelo corto de oro”, su trato es amable y su semblante denota gran inteligencia.

Con su compleja personalidad seduce por igual a hombres y mujeres. En su promiscua y agitada vida sentimental son dignos de mención Gustave Doré, Victor Hugo, Philippe Garnier, Gabriele DAnnunzio, Eduardo, Príncipe de Gales. Otro de sus grandes amores es Louise Abbéma, que pintaba y hacía sus retratos oficiales. Según el conde Robert de Montesquiou, Abbéma era una lesbiana que ignoraba a los hombres, usaba peinado masculino y parecía varón.

Sarah se casa el 4 de abril de 1882 con Jacques Aristidis Damala, un oficial de caballería griego adicto a la morfina e hijo de un rico naviero. Sarah le imparte clases de actuación e intenta convertirlo en actor. Le da el papel de Armand Duval en La Dama de las Camelias, pero lo que Dios no da, Sarah Bernhardt non presta. En ese matrimonio, de infidelidad mutua, las separaciones y las reconciliaciones duran hasta que Damala muere en 1889, a los 42 años de edad, por abuso de morfina.

Según Mark Twain: “Solo hay cinco categorías de actrices: las malas, las regulares, las buenas, las muy buenas y, por supuesto, Sarah Bernhardt.” En cambio Proust, que la ve junto con su abuela interpretar Fedra de Racine, luego de que Charles Swann le hablara de la voz de oro y del rol emblemático de la Bernhardt, la imagina semejante a una diosa que concuerda con el apelativo de “sublime” que Swann le aplicaba.

Proust escribe que en el mismo instante de abrirse el cortinaje del escenario y aparecer una mujer “mi gozo cesó por entero: inútilmente aguzaba ojos, oídos y alma para no perder ni una migaja de las razones de admirarla que iba a darme la Berma; no llegué a recoger ni una sola de estas razones. Ni siquiera lograba, como me ocurría con otras actrices, distinguir en su dicción y en su modo de representar entonaciones inteligentes y ademanes bellos. La estaba oyendo como si ‘Phédre’ leyera, o como si Phédre en persona estuviera diciendo en ese momento las cosas que yo escuchaba, sin que el talento de la Berma pareciera añadirle cosa alguna.”

Y aunque Proust intenta contagiarse del frenesí con que el público aplaude a la actriz, “cuando el telón cayó sentí cierto disgusto porque el placer que tanto esperé no había sido más grande, y al propio tiempo sentí el deseo de que se prolongara, de no abandonar para siempre al salir de la sala esa vida del teatro que por unas horas fue también mi vida.”

A partir de 1894, Francia se divide en dos campos antagónicos, los partidarios y los detractores del Capitán Alfred Dreyfus, a quien el Alto Mando Francés acusa de alta traición por haber entregado documentos secretos a los alemanes. Un tribunal militar lo condena a la degradación militar, a prisión perpetua y lo destierra a la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Pese a que el jefe del contraespionaje francés, el Coronel Picquart, comprueba que el verdadero traidor es el Mayor Walsin Esterhazy, el Estado Mayor se niega a reconsiderar su decisión y sectores conservadores, monárquicos y nacionalistas dispensan aplausos y aclamaciones a Walsin Esterhazy. El Coronel Picquart es destinado al norte de África.

En J’accuse, Émile Zola denuncia la existencia en el seno del ejército francés de un núcleo de violento nacionalismo y que Dreyfus es víctima de una sentencia de corte antisemita. En 1898, el Tribunal Supremo reabre el caso y anula la sentencia contra Dreyfus; posteriormente, es indultado por el presidente Loubet. En 1906, la Corte de Casación reconoce oficialmente su inocencia. La Bernhardt participa activamente en la lucha por la libertad de Dreyfus.

La delicada salud de Sarah, consecuencia de la amputación de una pierna, la lleva a la tumba el 23 de marzo de 1923, cuando fallece en brazos de su hijo Maurice, luego de rodar la escena de una película sobre su vida y quedar totalmente agotada. Unos 150.000 franceses la acompañan hasta su última morada.