¿Llegó la hora de irse de Carondelet?

Editorial|

Frente a las irresponsabilidades, no queda ninguna duda. ¿Quién lo quiere sostener que no sean sus ministros y socios? Ya las encuestas lo dicen desde hace varios meses. Pero también su ausencia en los momentos difíciles y críticos deja en claro que no está preparado ni autorizado para conducir el país. Y qué decir de las desafortunadas declaraciones sobre la mujer, los emprendedores y un sinnúmero de pachorradas que sus asesores y equipo de comunicación no saben cómo limpiar.

En asuntos de Estado hay errores que un presidente no debe cometer jamás: mentir, ofrecer y no cumplir, dejar en ridículo a un país, o no afrontar las responsabilidades concretas en situaciones específicas. No ha podido ponerse al frente, ejercer ni asumir a cabalidad la “Primera Magistratura”. En estos tiempos, incluso, podía apoyarse en las innumerables herramientas tecnológicas que brindan condiciones favorables para poder ejercer sus funciones sin dificultades.

Pero ya son varias “mentirillas” y otras “mentirotas” las del Presidente Moreno. A lo que se suman ciertas ofertas incumplidas. ¿Ya vendió los aviones presidenciales? No. ¿Liberó del secretismo de Estado la sesión del Consejo de Seguridad donde se decidió, por la “dignidad de un país”, no rescatar al equipo periodístico de El Comercio? No. ¿Mostró todos los documentos y videos de su relación con quienes produjeron el caso INAPapers? No. ¿Dónde está el informe de inteligencia de la cámara de su despacho conectada a Bruselas? En ninguna parte. ¿De qué sirvió plegarse al Grupo de Lima y ser parte de la desfachatez del Prosur? De nada, que no sea para recibir los apaños de Trump.

Pero lo más grave es lo que se vive ahora en Ecuador: una enorme crisis sanitaria de la cual ya no se puede echar la culpa al gobierno anterior. Ahora le echan la culpa a la ciudadanía guayaquileña, la maltratan y dejan a sus muertos por las calles o quieren botarlos en fosas comunes, cuando la oferta de María Paula Romo en CNN -forzada por el entrevistador ante sus imprecisiones- fue la incineración gratuita. Si mañana aumenta el número de muertos en Pichincha ¿le echarán la culpa a Jorge Yunda o a Paola Pabón por haberse preocupado por tomar medidas sin consentimiento de Carondelet? ¿Ya tienen listas y abiertas las indagaciones fiscales por si acaso a algún insurgente se le ocurre señalar responsabilidades penales contra los mandatarios y ministros?

(De hecho, este artículo editorial, seguramente, conlleve el ataque a la página web de Ruta Kritika y la solicitud de bajarse las cuentas de redes sociales. Y también puede pasar, como en octubre del 2019, iniciar un proceso por rebelión, por el solo hecho de reflexionar sobre un asunto que en Brasil se discute abiertamente y aquí de modo velado)

Desde el momento en que se detectó un posible caso de coronavirus (el del ciudadano chino que murió oficialmente con neumonía) no se tomaron las medidas adecuadas ni urgentes. Mucho menos se entendió la gravedad del asunto cuando una señora de Los Ríos mostró el contagio y dejaron a toda la familia en su casa. Ya alertados de la transmisión del virus permitieron partidos de fútbol en los estadios, circulación en centros comerciales y mercados. ¿Solo cuando una fiesta de una familia de Samborondón generó el espanto y el contagio en autoridades y empresarios de Guayaquil, se dieron cuenta de la tragedia en que nos habíamos metido? ¿O la asesora externa, la presentadora de televisión, le aconsejó no alarmar para no perder más popularidad?

El pedido de renuncia que hacen públicamente ciertos actores políticos y muchos ciudadanos en privado crece cada día más. Queda claro que ya no hay confianza en el gobierno ni en su titular. También evidencia sospechas de un uso poco ético de los recursos estatales para promocionar la candidatura o elevar la imagen del Vicepresidente. ¿Por qué es él, el Vicepresidente, quien ordena y dispone lo que se debe hacer en un país desprotegido y con pánico? ¿Por qué no se sabe dónde está el Presidente de la República del Ecuador? ¿Es un secreto de Estado? ¿O no se quiere decir porque se revelaría que se encuentra en donde menos se piensa o en donde menos debe? ¿O quieren repetir lo de octubre pasado y trasladar a otra ciudad la sede del gobierno?

Las angustias del presente son mucho más sustanciosas para pedir que se vayan de Carondelet: ya tenemos un país endeudado a favor de los tenedores de bonos, una institucionalidad estatal desbaratada para tener políticas de salud con la capacidad de atender las secuelas de una pandemia, patrañas montadas para aniquilar al único adversario político que lo ha enfrentado en su más esencial condición y, sobre todo, una insuficiencia para convocar a la unidad nacional y provocar una acción colectiva para salvar vidas y tener un futuro medianamente llevadero.

En la práctica nos dejan un país hecho trizas. ¿Quién se quiere hacer cargo de un gobierno con la institucionalidad diluida? ¿Lasso cederá sus apetitos para apoyar al actual Vicepresidente y así lavarse las manos sobre las omisiones que le corresponden por su cogobierno?

El cómo proceder para el recambio ya lo decidirán los “expertos” y la sapiencia jurídica, pero ya colmaron la paciencia y la tolerancia del Ecuador entero, a pesar del peligro de un salto al vacío con sus consecuentes saldos democráticos, de los que ya hemos experimentado y salido con bronca, pero al final para evitar una “pandemia política” mucho más grave. ¿O la salida es esperar al próximo año para hacer una despedida luctuosa de un país que se jodió por la soberbia y la arrogancia de quienes solo cuentan con el apoyo de cierta embajada y unos cuantos millonarios apátridas?