Los tontos y los pendejos… ¿y nosotros?

Santiago Rivadeneira Aguirre|

La frase que puede resumir la retorcida gestión del presidente Lenín Moreno, pronunciada por él mismo -con el desparpajo acostumbrado- en el evento de inauguración de las jornadas denominadas Acuerdo Nacional, es la siguiente: “Si ustedes se hacen los tontos, yo me hago el pendejo”. De pronto, en la visión limitada del primer mandatario, el gobierno y sus aliados oligarcas quedaron divididos entre ‘tontos y pendejos’, para quienes habría que encontrar alguna ubicación en la historia de la vergüenza y señalar las responsabilidades directas que les corresponde a cada uno por estos dos años de morenismo/pendejismo/tontismo extravagantes.

El Ecuador ha vuelto a vivir otra vez la hora de la rapiña y las mentiras: a causa de quienes, históricamente, se hicieron los tontos y los pendejos para montar una estructura de poder que no ha sido posible alterar desde la misma constitución del estado, salvo aquellos momentos de excepción, con esporádicos repliegues y avances ciudadanos. Rapiña, porque las oligarquías nacionales y el gran capital, se aprestan a dar el zarpazo final. Y mentira, porque han sido dos años de una perversa distorsión de la realidad, de una ofensiva tan fraudulenta como perversa contra la institucionalidad, para volver a implantar un modelo económico de cuya impudicia no caben dudas.

Grosera estrategia de las élites económicas y políticas que también, desde el lenguaje, se mimetizan y transmutan para configurar un discurso que se sitúa en el imaginario popular como una de las opciones supuestamente más progresistas. Porque cuando se hace alusión al problema del lenguaje, la derecha, la oligarquía, los banqueros y los empresarios, siempre han enarbolado la bandera del nacionalismo y la ‘recuperación de la patria’.

Han ido desde la proclama de Caamaño que invitaba a ‘salvar la dignidad nacional’ (1895), pasando por las ‘ideologías románticas de heroísmo y la patria’ (a comienzos de los veinte) y más adelante el slogan de Sixto Durán Ballén del ‘sí se puede’. Y ahora el llamado a recuperar la democracia, a secas, que nos encierra en la ficción encopetada de una representación mental más cercana a la mentira y al voluntarismo. En ese lenguaje y los hechos nació la verdadera corrupción.

Veamos algunos ejemplos que no fueron parte del informe presidencial: el sistema penitenciario en crisis total; la seguridad social y sus servicios médicos con problemas; el ministerio de salud con graves cuestionamientos y acusaciones; el sistema electoral sin consistencias y con un insolvente CNE a la cabeza;  los cobros excesivos de las planillas de luz en Guayaquil; las universidades intervenidas, como la de Guayaquil, sin un salida académica clara, encerrada en la violencia; ministerios como cultura, finanzas y energía, que entregan informes de labores adulterados. O el intento doloso de usurpar las elecciones de los miembros del Consejo de Participación Ciudadana.

Drama y paradoja del Ecuador, se cuestionó Leopoldo Benítez, cuando quiso describir los avatares y el comportamiento de los ecuatorianos. Ese modo de ser podría entrar en esta categoría ontológica de hacerse los tontos mientras yo me hago el pendejo y así todos estamos en paz. De esa manera establecer una pericia para estar cerca del poder, servirse de sus halagos, acumular riqueza para retirarse con bríos a los cuarteles de invierno a gozar de esas mieses deliciosamente percibidas. En Alicante o en cualquier otro sitio.

En realidad, hacerse los tontos mientras yo me hago el pendejo es la costumbre inveterada de un sector social y político que representa el acto fallido de nuestra república. En ese estado de excepcionalidad ecuatoriana, esa élite entiende el país y su institucionalidad solo como un lugar para ejecutar sus transacciones y enriquecerse a costa del estado y del pueblo. Es la clase de los ‘experimentadores económicos’: oligarcas en permanente estado de decadencia, una rudimentaria burguesía sin principios ni identidad, que han desgastado convenientemente los valores democráticos, pero dispuestos todos a corromper o dejarse corromper por el sistema.

La vida institucional del país ha transcurrido (y mucho más en estos dos años) entre una economía de subsistencia y una economía de austeridad, que afectó de manera directa a los sectores menos protegidos. Este gobierno de mentira agudiza las inequidades y la rapiña, por eso buscó la firma de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional que le obliga al país a suprimir los décimos sueldos a los jubilados; al aumento de la jubilación para jubilarse; incremento del monto de las aportaciones personales; la eliminación de la atención de la salud a hijos menores de 20 años; el pago de servicios médicos (porcentaje en función del costo de atención); la supresión de la entrega de medicamentos para enfermedades catastróficas ‘debido a su alto costo’ entre otras exigencias.

Mientras unos se hacen los tontos y otros los pendejos, las élites diseñan el modelo económico y las medidas para institucionalizar la especulación financiera y descartar cualquier ‘excedente no rentable’. Esa es la dimensión de la rapiñada morenista y de quienes hasta ahora sostienen, literalmente, a Moreno en la silla presidencial. De ahí el anuncio ‘inapelable’ del subsecretario de Asuntos Políticos del Departamento de Estado de los Estados Unidos David Hale, que señala como prioridad fundamental “hacer lo que sea necesario para que el presidente Moreno continúe respondiendo  las voces de la gente, lo que es la democracia y la lucha anticorrupción”. Y agregó el funcionario norteamericano que la segunda prioridad es “ayudar a que se den las reformas económicas que el Ecuador está buscando: estabilidad fiscal, crecimiento económico y desarrollo”.

Oleadas y santificadas la rapiñada y la mentira por los Estados Unidos, hay que suponer que se agudizará la concentración de poder en manos de la derecha, los banqueros y empresarios, con el respaldo incondicional de los medios de comunicación privados que siempre fueron parte del contubernio. Así deberíamos leer el último enunciado del presidente Moreno, de que ‘ahora he puesto los ojos en el futuro’.