Matar al mensajero

José Antonio Figueroa|

El gobierno de Lenín Moreno ha dado un paso fundamental para la inserción del Ecuador a la nueva edad media: el gobierno entregó a Julian Assange a las garras del imperio británico, rompiendo todos los contenidos y formalidades vinculados con el derecho del asilo, en una movida burda que busca silenciar su cada vez más comprometido papel en la corrupción internacional. Ante la falta de argumentos legales o éticos, Moreno ha representado uno de los más ridículos papeles en la diplomacia internacional, argumentando que la entrega de Assange se debe a que el “indeseado huésped” era “sucio”, “malcriado” o que había “llenado de heces” su lugar de reclusión; todo esto mediante el uso de una retórica vacía, propia de los tiempos de la pos verdad. Con esta retórica, ligada a una política más que mediocre, Moreno intenta matizar todas y cada una de las violaciones que ha cometido en el caso de Assange, así como la entrega descarada del país al Fondo Monetario Internacional y su papel, a todas luces, cada vez más embrollado en la corrupción, como viene siendo develado en el escándalo de los INA papers.   

Lo que el gobierno ha hecho con Assange hace pensar en el modo cómo el fascismo contemporáneo aplica sin rubor la ley de matar al mensajero para eliminar los mensajes que lleva. Es sabido que Julian Assange, quien fue director de WikiLeaks, representa a una significativa porción de la humanidad que reclama por el derecho al acceso a la información que maneja el poder y desde la cual se toman decisiones que implican la existencia misma de la humanidad. En un momento en el que las corporaciones mediáticas cumplen un papel tan importante como las corporaciones financieras y militares para la dominación global del capitalismo tardío, WikiLeaks realiza un activismo encaminado a develar parte de la información que las corporaciones y los gobiernos guardan a su favor. WikiLeaks devela nudos esenciales de la información que además ayuda a las transnacionales y a los imperios a reforzar su supremacía en la globalidad contemporánea.

La pelea que plantea WikiLeaks es estratégica para la democracia; eso lo sabe el poder global y por eso Julian Assange se convirtió en uno de sus objetivos prioritarios. La consolidación de la guerra como negocio de las trasnacionales ha venido acompañada de una de las más descaradas manipulaciones de la opinión pública por parte de las empresas mediáticas. Basta recordar el ambiente que rodeó a los atentados del 11 de septiembre de 2001, así como todo el miedo creado por las compañías que promovieron la idea de que Sadam Hussein fabricaba armas de aniquilación masiva. Los medios crearon un ambiente de paranoia que inclinó la opinión pública norteamericana hacia una favorabilidad de la intervención militar en Irak país que, por lo demás, no tenía ninguna relación con los atentados del 11 de septiembre. A través de la creación de una desconfianza infundada, los medios de comunicación jugaron un papel definitivo en la posterior destrucción de países como Irak, Libia y Egipto, en una de las operaciones más descaradas a favor de las trasnacionales petroleras y armamentistas. En este caso, WikiLeaks reveló mediante miles de páginas información que dilucidaba el trasfondo de la guerra; entre otras cosas, hizo saber del asesinato de más de 15.000 civiles no reportados, mostró masacres de civiles desde helicópteros norteamericanos y reveló compromisos y acuerdos entre gobiernos y fuerzas consideradas enemigos hostiles, como sucedió con el gobierno pakistaní y los talibanes.

A nivel nacional el operativo también se inspira en la consigna de matar al mensajero. La entrega de Assange a la policía británica se produce en un momento en el que se debate y se podría dar inicio a una investigación sobre la participación del presidente ecuatoriano y su familia en el manejo indebido de fondos a través de la compañía offshore INA INVESTMENT. En este caso, a la serie de adjetivaciones contra Assange, el gobierno ha sumado la acusación de que el portal WikiLeaks ha violado su intimidad al revelar temas que son de incumbencia pública y comprometen en futuro del país. Desconociendo el hecho de que Assange no es director del portal, su arresto en la embajada de Londres y su entrega a la justicia inglesa, pendiente de la posibilidad de su extradición a los Estados Unidos, busca producir el impacto simbólico de que el poder es intocable. Mediante la estrategia de matar al mensajero, se invierte la noción de justicia, el victimario se construye en víctima y a través de la promoción del silencio, el poder busca naturalizar sus privilegios.