Sobreviviente

Andrea Ávila|

Me llevó varios años entender lo que me había pasado. Muchos más años y decenas de sesiones de terapia, dejar de llamar abuso a lo que fue una violación. Cuando tuve consciencia de que no había sido un suceso más en mi vida, ya me había esforzado demasiado en ocultarme los pormenores. Como, a veces, venían en forma de pesadillas, me obligué a no soñar. O a olvidar lo que soñaba. O a parar los sueños justo antes de que me asusten. Pero, ahora, para sanar, debía invertir el proceso: recordar, rearmar la historia, recuperar detalles y momentos para -por ejemplo- poder responder una pregunta fundamental: ¿qué edad tenía?

Armar mi rompecabezas me llevó tiempo y energía. Tenía demasiadas piezas perdidas. Las había escondido tan bien que ya no sabía dónde estaban. Yo, que solo había querido olvidar, me encontré haciendo el movimiento contrario: apelar a la memoria, lo cual me causaba ansiedad y pánico por partes iguales. Pasaba la mitad del tiempo evadiendo las búsquedas y la otra mitad, animándome a encontrar los recuerdos. A más de lidiar con el miedo, debía hacerle frente a la rabia y al dolor, que tantas veces bajaba de la psiquis a inflamar algún rincón del cuerpo. Poco a poco, logré tener los hechos claros. Entonces, vendría el análisis: descubrí los hábitos, ideas y emociones negativas que surgieron desde esos días. Cuando pensaba que lo tenía superado, aparecía una huella más. Llegué a sentir gran frustración al ver que no acababa, que era una ruta que parecía interminable. Me sentía agotada. Me negaba a vivir toda mi vida anclada a ese pasado. Al final, me rendí. Acepté que era parte de mi recuperación. Dejé de resistirme, permití que llegaran imágenes, sensaciones, sentimientos. Los dejé de cuestionar, escuché con atención lo que venían a decirme. Comencé a entender muchísimas cosas, a comprender cómo había actuado, cómo me había protegido o esforzado en borrar las pistas para que nadie descubriera mis secretos. Menos mal dejé cabos sueltos que me permitieron salir del laberinto. Así, solo así, comencé a entender quién era.

Cuando recordar ya no me asustaba, tuve que buscar respuesta a una duda existencial: ¿por qué a mí? De tanto darle la vuelta, un buen día, ese cuestionamiento cambió: ¿y por qué no?, me dije. Si cada humano lleva consigo un relato de dolor, este era el mío. Surgió, entonces, el para qué: cuál era el propósito, qué iba a hacer con todo esto. Había comenzado a dejar de lado el sufrimiento para volverlo aprendizaje. Como parte del proceso, acepté que era sobreviviente de abuso sexual infantil. Porque desde esa toma de consciencia, desde ese lugar, iba a avanzar. Esa historia, que me empeñé en olvidar, me había constituido en el ser humano que era (que soy), que recién estaba conociendo. Volví mis pasos hacia la determinación que me daban mi femenino, mi vulnerabilidad y mi valentía. Comencé a reflexionar, a revisar autores y teorías, a identificarme con voces similares, a abrazar la herida que, al no sentirse negada, pudo fluir y construir. Luego, ser madre se convirtió en un tránsito para reencontrarme con la fragilidad de mi inocencia y de mi cuerpo de niña. Ahí entendí la sutileza del cuidado, la importancia del apego y de vivir la infancia con alegría.

Esta historia no estaría completa sin el otro. En cada avance debía volver mi mirada hacia él, mi violador. Al inicio no me interesaba siquiera nombrarlo, solo era el depositario de mi ira. Cuando me hablaban del perdón, me parecía lejano, imposible, absurdamente cristiano. Tuve que andar mucho para llegar a la reconciliación y no desear castigos o venganzas. Repasé su biografía y entendí su complejidad como individuo. Reconocí que mi rabia se parecía a la monstruosidad con la que elegía identificarlo. No iba a permitir que me causara más daño: la ira me lastimaba a mí. Cuando acepté que este suceso me constituía, dejé de sentir emociones negativas hacia él y pude mirar algo importante, que me ayudó a sanar: ese hombre desapareció de mi vida. Formaba parte de mi núcleo familiar y la última vez que lo vi no pudo soportar mi presencia. Eso tienen los perpetradores: les molesta la existencia de su víctima; la ven con desprecio, enfado o calculada indiferencia; la quieren aniquilar, que deje de existir, porque les recuerda la vileza que hay dentro de ellos. En ese último encuentro, que fue muy corto, quién sabe de dónde saqué el temple para no bajarle la mirada. Él, la esquivó. A los pocos días se fue. Pasaron años hasta que me di cuenta de que su despedida había sido para siempre, que ya no debía atemorizarme su regreso. Supe que se recluyó en el campo, a miles de kilómetros, y de ahí no salió más. Ese gesto me ayudó a mí. Entendí que él aceptó -aunque sea con su huida y guardando silencio- la brutalidad de sus actos. Me dejó lugar. No tuve que lidiar con la prepotencia típica de quien alimenta su poder y su maldad provocando miedo e indefensión en sus víctimas.

En mi actual estado de serenidad, sin embargo, sé que no podría tenerlo cerca, ni saludarlo. Percibo que mi cuerpo me lanzaría una advertencia para que tuviera cuidado. Tampoco tengo la necesidad de un reencuentro o una conversación. No guardo pendientes. En los distintos escenarios posibles también me pregunto: ¿qué pasaría si fuese un hombre público?, ¿qué sentiría al verlo, con regularidad, aparecer en sociedad, recibir aplausos y gozar de cierto prestigio? Sé que no me molestaría, con una condición: la aceptación de los hechos. No decir quién es, lo convierte automáticamente en una mentira. Seguramente, en ese hipotético caso, él temería perder sus privilegios, y buscaría enterrar su sombra y al que sepa de ella (por eso, los victimarios buscan intimidar a sus víctimas, anularlas o silenciarlas a cualquier costo). En el ocultamiento de su verdadero ser, no andaría solo: el sistema ha creado la figura de los triunfadores para alimentar el ego colectivo: la sociedad necesita héroes, hombres a los cuales seguir, admirar y emular. A ellos se les perdona, justifica y permite todo, aunque sea un delito. El objetivo a aniquilar es aquel que puede demostrar la falsedad de la que están hechos esos ídolos. Por eso, cuesta tanto aceptar la crueldad de quienes pusimos como referentes.

¿Qué esperaría de mi violador si fuese un hombre público? Lo mínimo: el reconocimiento de lo que hizo. Todos tenemos lugares humanos que nos constituyen. Yo, como tantos, he debido reinventarme desde la herida. Lo cual supone, además, la aceptación de mi luz y de mi opacidad. Él, por su parte, al no ocultar lo que hizo demostraría que asume su oscuridad, la cuestiona y trata de echar algo de claridad sobre ella. No destruiría sus obras si son honestas con su sombra. No me molestaría su voz si en ella encuentro las palabras que evidencian que se ha responsabilizado de los males causados. Pero solo puedo hacer y decir esto hoy. Antes, me era impensable y brutalmente doloroso.

Si algo necesitamos como comunidad, como sociedad, es transparencia y honestidad. No se trata solo de las víctimas pasadas, presentes y por venir. Hay demasiados hombres públicos que han hecho daño, que caminan inmunes e impunes, negándolo todo. No me incomodaría, por ejemplo, aplaudir a Polanski si hubiera tenido la decencia de admitir que violó y abusó de menores de edad (no es un caso, son varios; en el más mediático aceptó una de las acusaciones como parte de un acuerdo judicial para evitar una pena mayor; en sus memorias, rechaza los hechos), si no se pusiera él como víctima, si no se sintiera “maltratado” por la opinión pública, si hubiera sido capaz de reflexionar sobre ese lado oscuro en sus películas, en lugar de cerrar su vida productiva (ya tiene 86 años) con un filme que habla de condenas injustas.

Hay un exceso de instituciones y organizaciones esforzándose en que nadie descubra la suciedad oculta de quienes actúan como sus caras visibles. Han sido tan pocas las que se han planteado protocolos de prohibición, acción y sanción. Es un tema que solo por la fuerza del feminismo ha comenzado a causar vergüenza. Pero aún falta, falta mucho: la cultura de la violación y sus justificaciones no solo perduran, sino que cada día se muestran más atroces, y se siguen sosteniendo en la indiferencia.

Asumir los cargos, puede alivianar el peso de las víctimas. De partida, el no poder defenderse provoca un enorme sentimiento de culpa que cuesta entender y desterrar. El proceso de sanación no se produce de un día para el otro, es largo y sinuoso porque deja numerosas marcas: hay elementos que descubrir, conexiones que realizar, conversaciones que tener y todo requiere de altas dosis de fuerza de voluntad, acompañamiento adecuado y una red de confianza y apoyo. Que el otro nos deje de hacer ruido y ya no nos importe, no es algo a lo que se llega por mera enunciación. Curar un dolor psíquico es algo más complejo. La sociedad tiene demasiados prejuicios hacia las enfermedades mentales: por un lado, no hay empatía, es difícil que las personas se detengan a pensar qué fue lo que quebró a quienes viven con ellas. Y, por otro, se las cuelgan como etiqueta a quienes espantan con sus actos: decir que alguien está enfermo para justificar sus acciones, es una resolución que tranquiliza las consciencias, pero que no resuelve lo estructural.

Hay demasiado sufrimiento que todavía no reconocemos, no queremos aceptar que aquellos que nos horrorizan son un producto social, que los hemos creado con el silencio y la permisividad, porque ha importado más guardar las apariencias y aprovechar su genio. Hay que recordar que sin cuerpo no hay obra; que si esa persona no existiese, sus productos y sus actos, tampoco. Quien ha cometido un delito tiene que responsabilizarse. Punto. No amerita más discusión. El debido proceso se debe garantizar para ambas partes, por supuesto. Pero también debemos pensar en la rehabilitación de los unos y en la reparación para los otros. Un tema tan grande es mirado con una superficialidad pasmosa. La sociedad y los Estados no están haciendo nada: no hemos pasado de la fase de denuncia. Aún no hay respuestas integrales.

Llegar aquí me ha llevado más de la mitad de mi vida. Tuve harto que asumir. Sé que para muchas y muchos es más difícil acercarse a su historia, superar el trauma, vivir fuera del miedo y el horror. Todavía considero que mi vivencia es pequeña cuando la comparo con otras narraciones sobre incesto, abusos o violación. Admiro y agradezco a quienes han podido rescatarse a sí mismos. Sus voces me ayudaron a entender mis espacios ocultos. Sus relatos, lo que decidieron hacer, las preguntas que se formularon se convirtieron en una mano tendida para salir del pozo, para reinventarme, y poder -como ellos- sobrevivir.