Derecho a la intimidad y “libertad de expresión”

Modesto Ponce|

¿Para qué sirve en el mundo de hoy que el derecho a la intimidad esté reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, en el Pacto de San José y, por supuesto, en nuestra Constitución Política?

El derecho a la intimidad se refiere tanto a la vida privada como a la pública, el respeto al buen nombre y a la honra, a la imagen, a la voz, al tipo de vida que escogemos, a la personal estructura emocional, a la sexualidad, al ser que somos y del cual tenemos conciencia. Se trata de un espacio personal inalienable.

Revisemos los conceptos de libertad y derecho. La libertad está vinculada, por esencia, al hecho de que somos seres humanos. Somos hombres y en consecuencia somos libres, independientemente de sexo, género, raza, color de piel, religión, creencias políticas, etcétera. Ese poder viene con nosotros, está en nosotros como individuos. “Ser libre -escribe Mircea Eliade- significa, ante todo, ser responsable ante la propia conciencia. Eres libre en relación con tu vida…”, y es posible escoger entre el fracaso o el desastre y la realización personal, que significa convertir tu vida en algo creativo. Y añade: “No puedes ser libre si no eres responsable: la verdadera libertad no implica ‘derechos’, porque los derechos te son otorgados por otros y no te implican en absoluto. Solamente eres libre si respondes de cada acto que realizas”.  Y continúa: “El miedo a la responsabilidad ha obligado a renunciar a la libertad para tener más derechos”. Lo primero que debemos alcanzar, mientras nuestra conciencia de ser y estar se desarrolla, es el derecho a ser libres, que implica, ahora sí, la presencia de la otredad: familia, sociedad, Estado… “Ser” libre es una cosa. “Tener” derechos otra. Existe una Declaración de Derechos Humanos, no de libertades humanas.

Cuando se explica el término “derecho” desde un punto de vista jurídico se habla que este “supone la garantía de una esfera de libertad del individuo y opera como una forma de división de poder entre la sociedad y el Estado” (RAE, Diccionario Jurídico). En otras palabras, somos libres como individuos pero ejercemos o tenemos derecho a esa libertad dentro de la sociedad. El derecho a la libertad, no la libertad en sí sino el ejercicio de ella, está vinculado a la abstención del Estado y de todo tipo de Poder en cualquier intervención ilegítima. Nuestro derecho a la libertad su contraparte en el derecho ajeno y debe ser regulada jurídicamente como bien público.

La lucha del ser humano desde siempre ha sido y será la de ser y sentirse libre, batalla que, en conclusión, es y será contra el Poder en todas sus manifestaciones. Esta disputa no acabará jamás. La libertad humana puede ser considerada también como conquista interior, debido a un esfuerzo constante para sentirse interiormente libres. Auténticos, en definitiva. Satisfechos, si se quiere, por haber conquistado una parte de nuestros sueños.

No obstante, es necesario reconocer y aclarar que todo lo dicho -para que no suene como romántico e idealista, o como discurso vacío de contenidos-, no podrá ser obtenido si el ser humano no dispone, como fruto de una sociedad justa, equitativa e igualitaria, los medios necesarios para poder ejercer y cumplir su derecho a ser realmente libres. Sería el tema de otro comentario ante la salvaje y criminal desigualdad del mundo actual.

Dentro de este marco, es más fácil entender que existen nuevas formas de esclavitud, de acoso, de invasión. Una de las esferas afectadas es la intimidad. Y uno de los elementos que vulneran, intervienen y violan nuestro derecho a la intimidad son los medios (no todos) y las redes sociales (no todas), protegidas detrás de las nuevas tecnologías y la revolución de las comunicaciones. Las excepciones son pocas.

Medios y periodistas están convencidos, sin que se admita discusión, que tienen “libertad de expresión”. No es así. Lo que tenemos es “derecho a la libertad de expresión”, que implica la necesidad de una regulación jurídica que precise los otros derechos de los miembros sociales, entre otros el derecho a la intimidad. Los medios llegaron a denominarse “el cuarto poder del Estado”, la conciencia social o los agentes de la opinión pública, una especie de semidioses -que hablan o callan cuando les conviene: el ejemplo lo tenemos en nuestro país- e invaden y arrasan, especialmente en EE.UU. y muchos países europeos, con la intimidad personal. Los paparazzis merecen unos meses de cárcel, o mucho más, como en el caso de la princesa Diana, como causantes indirectos de dos muertes. Hace unos días conversé del tema con un estudiante usamericano de origen somalí, islámico de religión. Opinó que en EE.UU. los “famosos” no tienen derecho a su intimidad. Se piensa también que el hombre público casi carece de protección de su esfera personal. Las referencias sexuales o los escándalos son los preferidos.

Por otro lado, aunque debe reconocerse que las redes son un vehículo de intercambio y de información alternativo, generalmente caen en la agresividad, en la mentira, en la vulgaridad y en la estupidez, o en lo simplemente innecesario, sin ninguna responsabilidad porque están ocultos en sus pequeñas cavernas interiores, libres de sanciones penales. Es penoso que demasiadas personas están esclavizadas por el sistema, y más triste aún que ofrezcan su intimidad a los demás por medio de Facebook, por ejemplo. Pienso que puede tratarse de una especie de exhibicionismo o de una “stripmanía”, un afán de desnudarse ante los demás. Todos tenemos derecho a nuestro propio mundo privado, a que nadie nos joda ni nos jorobe la vida.